Hay cosas que comienzan tímidamente, como una opinión, una idea o una corriente de pensamiento y van, poco a poco, extendiéndose entre la gente, hasta constituirse en la creencia de un colectivo o de una mayoría. Si dicha mayoría se deja llevar por ciertas ideas, movidos por el carisma de quien las expone o por el beneficio que pueda extraer de ese pensamiento, puede acabar aceptando y creyendo algo totalmente erroneo, por más atractivo que le parezca. Lo mismo ocurre cuando conocemos superficialmente a alguien bien parecido, que despierta en nosotros el deseo de disfrutar de su presencia. Si le aceptáramos, sin más, como pareja, sin conocer el fondo de su corazón, sus verdaderas creencias y motivaciones, podríamos cometer un tremendo error, del que podríamos estar arrepintiéndonos por el resto de nuestra vida.
Las tradiciones comienzan de esa manera. La costumbre de una persona, o su pensamiento, pasa a otro más. La exposición convincente prende en algunos y éstos, a su vez, contagian a otros. Lo hemos visto pasar con la fiesta de Halloween, las modas de peinados u otros oenamentos en la piel o en la ropa, las fiestas de carnaval y las de tradición religiosa, etc. La sociedad está llena de tradiciones, muchas de las cuales pasan a formar parte del calendario anual de celebraciones. Algunas son verdaderamente banales, juegos de divertimento de los que uno puede o no participar, sin más repercusión que lo vivido durante el festejo. Otras, sin embargo, contienen una mayor carga de compromiso y revelan una mayor participación en las ideas que se exhiben. Son estas últimas las tradiciones que deberían ser examinadas con mayor profundidad. De otra forma, podríamos acabar atrapados en un error, casados con quien nunca debimos y atados a una cadena que nos impediría avanzar en nuestro crecimiento interior y en la libertad verdadera.
Una creencia no se hace más válida por la cantidad de gente que la siga. Necesitamos una revelación más fiable de lo que sea la verdad y de lo que realmente proceda de ella. Esa es la enorme ventaja que tenemos en Cristo. El es la verdad. Su Palabra es la verdad. Los interpretes de la misma pueden estar equivocados, pero mientras la Palabra de Dios esté disponible, el Espíritu de Dios, quien la inspiró, estará a nuestra disposición para seguir alumbrando nuestro entendimiento con ella. Sin embargo, para no enturbiar sus aguas limpias, debemos deshacernos de todo pensamiento o idea preconcebida. Hemos de acercarnos a la revelación como niños, dispuestos a oír y aprender. No digo que dejemos fuera nuestro cerebro o nuestra capacidad de razonar, porque entonces solo seríamos zombis programados. Hablo de la actitud necesaria para escuchar lo que procede del amor de Dios, una clara revelación de Sus propósitos e intenciones.
Justo en estas fechas de tradición, cuando la Navidad se ha impuesto como fiesta clave del calendario, debemos ahondar en los orígenes del cristianismo, en el conocimiento de Aquel que le puede dar sentido a la tradición. Sin Jesús, ésta o cualquier otra, sería una celebración muerta, exenta de vida. Algunos creyentes han rechazado la fiesta por temor a caer en una tradición más pagana que cristiana. Y es posible que no les falten razones. A menos que ésta, como otras, sea una ocasión para fijar nuestros ojos en la Palabra de Dios, y descubrir de nuevo cuales son nuestras raíces espirituales, quien es nuestro salvador, cuales son las verdades que nos alumbran y hacia dónde nos dirigen. No nos dejemos llevar por el clamor popular. Busquemos la veracidad en todas las cosas y, sobre todo, mantengamos la Biblia y el corazón abiertos, para asegurarnos en las verdades eternas, aquellas que claman desde el reino de Dios: uno que no será destruido jamás y al que hemos sido llamados.