domingo, 25 de marzo de 2012

DESPUÉS DE LA CALMA

Todos hemos oído repetidamente lo de que "después de la tormenta viene la calma". Y es cierto que estando, como a veces estamos, en medio de grandes dificultades y crisis de todo tipo, podemos confiar en que no tardará en abrirse el cielo y dejar paso a esos rayos de sol anunciadores de una nueva calma. Las olas no se enquistan. Pueden sacudir con mayor o menor fuerza, pero pasan. Hasta el más angustioso de los tiempos, esa "gran tribulación" anunciada en las profecías bíblicas, solo durará realmente tres años y medio, que es el periodo revelado en Apocalipsis 13:5. Claro que , como ya he dicho en otras ocasiones, la relatividad del tiempo puede hacernos parecer eterno un periodo breve, cuando éste adquiere una intensidad y un sufrimiento superiores.
Pero no tenemos que llegar a la "gran tribulación" para saber lo que significa angustia y dificultad. A escala menor, o personal, la vida nos depara muchas tormentas que atravesar. La experiencia, sin embargo, nos enseña que después de cada temporal viene una calma. Ahora bien, y esto es por lo que estoy hablando del tema, no es menos cierto que "después de cada calma, viene una tormenta". No hace muchos días nos vimos sorprendidos por este fenómeno. Nuestro invierno ha sido bastante frío, pero seco. Antes de tiempo, la primavera irrumpió con elevadas temperaturas, casi veraniegas. Una mañana de hace apenas cinco o seis días, nos vimos sorprendidos por una lluvia intensa, con nevadas incluidas, que barrió esta parte del país. Tengo que admitir que me vi seriamente afectado, al descubrir la cantidad de huecos abiertos en el techo de mi vivienda, dejando penetrar el agua por donde nunca antes había goteado. Y obligándome a sacar cacharrería a discreción para evitar que la casa se transformara en una piscina cubierta.
Goteras aparte, el fenómeno atmosférico me ha hecho reflexionar. En el mundo suenan tambores de guerra. No es nada nuevo en este aún muy joven siglo, apenas inauguranda su segunda década. Ya tuvimos en la década anterior el fiasco de las Torres Gemelas, una maravillosa escusa para entrar a base de bombazos y vidas sacrificadas en Afganistan, sede, por cierto, del 80% de la producción mundial de opiaceos. ¿Casualidad? Después Irak, con la excusa de paliar el peligro inexistente de armas de destrucción masiva. Mas de quinientos mil muertos, según las fuentes irakíes, como paga para destrabar cualquier tapón a la producción de petroleo o para causar el temor y la justificación de las imparables subidas del crudo. Por cierto, que aún después de acabar con esos conflictos bélicos, nunca los precios de la gasolina han vuelto a bajar significativamente. Es terriblemente descarado ver cómo una industria que cuenta con fuentes de recursos casi ilimitados, tiene que echar mano de guerras y de sustos para convencer al mundo de pagarles más por lo mismo. Las masas de víctimas de estos colosos de la industria petrolífera actuamos como pobres ovejas mudas, sentenciadas a trabajar duramente para pagarles más y más a estos individuos.
Pues bien -o mejor dicho: mal-, ahora le toca a Irán. Es posible que por momentos no nos lo parezca. Especialmente cuando la misma llegada de la primavera, con sus colores frescos y sus alegres y ruidosas golondrinas, parezca venir en son de paz y cargada de mensajes de esperanza. Esa que todas las personas de bien tenemos, de que cesen de una vez los combates y dejen de morir ciudadanos a la orden de ¡disparen!, de los señores de la guerra sentados en sus cómodas oficinas detrás de las puertas del Pentágono o de la sede de la OTAN. La calma actual no durará mucho. Pronto llegará la nueva "Tormenta del desierto", la que amenaza cada vez más con transformar este mundo en eso mismo, un desierto.
Y a todo esto ¿qué podemos hacer los creyentes? Desde luego orar; pero nunca tragarnos las mentiras insidiosas y falsantes de que todas y cada una de esas guerras son por el bien común, para salvar la democracia y proteger la civilización y la cultura occidentales. Todas y cada una de esas guerras parten de la codicia de poder, de los planes de hombres que quieren un control mayor y más eficaz de la sociedad y de cada uno de los seres humanos. Es cierto que los radicalismos religiosos y los fundamentalismos violentos son un peligro para la humanidad, pero menor que el deseo oculto de querer dominar el mundo por la espada, de llevar a nuestra sociedad al caos, para después salvarla a base de más control y de leyes restrictivas. Los cristianos lo tenemos difícil en el futuro cercano. Pero lo tendremos aún peor si no somos capaces de ver el engaño que nos acecha. Solamente hay un Mesías verdadero: Jesucristo. Y solamente habrá una paz duradera: la del reino de Dios. Y ninguno de los poderes actuales, a la luz o a la sombra, nos la podrán traer. Mirad que nadie os engañe, dijo Jesús en Mateo 24. Mantengamos los ojos abiertos, para cuando llegue la próxima tormenta. No falta mucho.

lunes, 5 de marzo de 2012

VOCES EN EL DESIERTO

Después de observar y analizar, con cierto detenimiento, los acontecimientos actuales en el mundo que nos rodea, no podemos menos que encontrar algunas profundas similitudes entre nuestro tiempo y el inmediato a la aparición de Cristo en la historia de la humanidad. Israel estaba entonces sumido en el caos. La nación había sido fragmentada en cuatro regiones, con su propio rey cada una. Todas, a su vez, sometidas al yugo de Roma y sus césares de turno. Es en esa situación en la que aparece Juan el Bautista. Algún despistado puede pensar que la denominación evangélica del mismo nombre posea esa antigüedad y que Juan fuera su fundador. No, no van por ahí las cosas. El profeta precursor del Mesías, no había venido a fundar ninguna secta o grupo cristiano, aunque no le faltaran seguidores. Algunos de sus admiradores incluso pensaron que era el propio Mesías. Él, sin embargo, lo negó. De hecho, negó incluso ser el profeta, aunque Jesús mismo dijo de él que no había nacido de mujer nadie tan grande como Juan. Éste, no obstante, estaba muy lejos de buscar la fama o el reconocimiento. Su total y completo enfoque era el Mesías venidero. Todo lo demás carecía de relevancia, incluido él mismo. Ojalá adoptáramos, desde ya,una actitud parecida.

Bueno, digo que hoy día vivimos una época o tiempo similar a aquel, al menos espiritualmente hablando. También nosotros estamos en pleno caos. Necesitamos más que nunca al Mesías y Su reino de paz y de justicia. Si no que se lo digan a las víctimas de esas nuevas guerras en oriente medio, o a los indignados por la descarada injusticia de los gobernantes de la economía mundial, y a toda una generación que mira hacia el futuro sin encontrarlo. Sí, necesitamos, de nuevo, la intervención divina en la Tierra por medio de Jesucristo. La buena, mejor dicho, la gran noticia, es que Jesús mismo afirmó que lo haría, que volvería en tiempos de enorme dificultad y desesperación. Pero tal como entonces, la humanidad necesita ser avisada de la salvación venidera. Hace dos mil años, Dios envió a aquel profeta tan grande y tan humilde. Algunos se preguntan por qué no enviará Dios hoy a algún otro de parecido talante. Yo me quiero imaginar Sus razones. Ya hemos tenido demasiados héroes personalistas, hinchados en su motivaciones egocéntricas, deseosos de destacar sobre los demás y desenfocados del verdadero protagonista, del Único que merece todo reconocimiento, honra y adoración.

Hoy, Dios está esperando que sea la Iglesia quien tome el relevo profético. No un gran líder sino todo el pueblo, unido por el encanto del Rey de Reyes. Un pueblo deseoso de agradarle a Él, anónimo, sin grandes pretensiones vanidosas ni basados en el culto a la personalidad. Daniel, el profeta, habló de ello al decir que el pueblo que conoce a su Dios se esforzaría y entraría en acción. Daniel 11:32. Justo en ese momento de la historia en el que el anticristo rompe el Pacto santo para encumbrarse como el gran protagonista. Si ha habido un tiempo en el que tiene que ser alzada una voz en el desierto, es éste, sin duda. Cuando la maldad está de nuevo llegando al colmo. Véase Daniel 8:23. Cuando cada vez se percibe con mayor claridad la manipulación de los que manejan los hilos desde la sombra, engañando al mundo entero con sus falsas fachadas y sus sangrientos desenlaces. Los dirigentes de este mundo están perdidos en manos del mismo Satanás. Y no lo digo por hacer una frase contundente. Lo sé por la misma Escritura, desde la que Satanás es presentado como el Príncipe de este mundo, a quien le fueron entregados todos los reinos de la Tierra. Véase, si no, las tentaciones de Jesús en el desierto, narradas en Mateo y Lucas, capítulo 4.

Ingenuamente, algunos líderes de la Iglesia, y muchos creyentes que les siguen creen que el cristiano puede arrebatarle al enemigo ese cetro sobre las naciones, para que estas sean gobernadas por la Iglesia. Me temo que eso sea pura ilusión. Sí, llegará ese día, cuando Jesús regrese y destruya todo este sistema basado en la mentira, en la especulación y en el amor al dinero. Entretanto, más nos valdría alzar la voz en el desierto, para que las ovejas perdidas oigan al Pastor y puedan ser reunidas al Rebaño. Antes que sea demasiado tarde y no queden ya voces que proclamen la verdad.