En el capítulo 25 del evangelio de Mateo, Jesús nos habla de las diez doncellas que esperaban a las bodas. Aquellas que tenían las lámpara preparadas con aceite y las otras que, aunque tenían lámparas, no habían contado con el aceite necesario para poderlas prender. La cristiandad siempre ha estado representada por estas dos jóvenes. La lámpara manifiesta nuestra confesión de fe, nuestra entrega al evangelio. Es la capacidad que todos tenemos de arder para Cristo, de ser la luz del mundo. Claro que sin el aceite, de nada nos sirve. Sin la presencia del Espíritu Santo, sin la unción de Dios, nuestra fe es reducida a religiosidad hueca y vacía.
Lo más curioso es que - según cuenta Jesús y Él siempre tenía razón-, como el Novio tardaba, todas las doncellas se echaron a dormir. Todas. Esto no significa que en la actualidad todos los cristianos estemos echándonos una profunda siesta, pero curiosamente, aquellos que están realmente activos y encendidos son los que han oído la voz. Nos cuenta Jesús que a la media noche, se oyó una voz que decía: ¡Ya viene el Novio! Al oírla, todas se despertaron, unas para alumbrar, mientras que las otras se quedaban a oscuras por su falta de previsión y de provisión.
El mensaje para mi está bien claro. Si no anunciamos la venida de Cristo y la tomamos como inminente, lo más natural es que nos echemos a dormir. La vida ardiente de los primeros cristianos estaba motivada por un mismo sentir: el deseo de la pronta venida del Reino de Dios y de su gran Rey. Jesús mismo había enseñado a los discípulos a orar para que "venga Tu Reino y se haga Tu voluntad en esta tierra como se hace en el cielo". El libro del Apocalipsis acaba con un clamor: ¡Sí, ven Señor Jesús! Desgraciadamente ésta última es una de las oraciones menos pedidas por la cristiandad, que, supuéstamente, tiene en esa venida la esperanza de toda victoria y realización.
Para aquellos primeros discípulos, la segunda venida de Cristo era motivo de esfuerzo y un claro enfoque del que recoger fuerzas, aún cuando el acontecimiento quedara muy lejano. La historia nos revela claramente el resultado de abandonar esa esperanza y de cómo la cristiandad entró en un sueño que ha perdurado durante siglos. Hoy, sin embargo, cuando todos los indicios apuntan gritando hacia el pronto regreso del Rey, no podemos dejar de aclamarlo a los cuatro vientos. Sí, nos acercamos rápidamente hacia el fin. Todas las señales descritas en los profetas y confirmadas por el mismo Jesús, están aquí. Podemos mirar hacia otro lado y seguir durmiendo, o podemos oír ese clamor y despertarnos. Es hora de encender las lámparas y ser la luz del mundo. Es hora de manifestar nuestra fe y de agarrarnos a nuestra maravillosa esperanza. Es hora de decirle a todo el mundo que Dios les ama y que deben conocerle. Es hora de renunciar al sueño de la carne para que brillen en nosotros las verdades eternas. Si no lo hacemos ahora, es posible que volvamos a un sueño del que no podamos despertar a tiempo.