miércoles, 2 de noviembre de 2011

¡VIENE EL NOVIO!

La naturaleza humana causa auténticos estragos entre los creyentes. Si nos descuidamos, nuestra propia humanidad nos empujará a hacer todo lo contrario de lo que deseamos. Podemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas y querer ser como Jesús, por encima de toda aspiración, pero tan pronto como nos descuidemos y dejemos "hacer" a nuestra naturaleza, acabaremos viviendo todo lo contrario de lo que deberíamos. El apóstol Pablo decía sujetar su cuerpo y ponerlo bajo disciplina hasta crucificarlo. De paso nos señala que no podemos ser de Cristo sin crucificar nuestras pasiones y deseos. La demanda de Dios no ha cambiado: Debemos ser santos como Él es santo.
En el capítulo 25 del evangelio de Mateo, Jesús nos habla de las diez doncellas que esperaban a las bodas. Aquellas que tenían las lámpara preparadas con aceite y las otras que, aunque tenían lámparas, no habían contado con el aceite necesario para poderlas prender. La cristiandad siempre ha estado representada por estas dos jóvenes. La lámpara manifiesta nuestra confesión de fe, nuestra entrega al evangelio. Es la capacidad que todos tenemos de arder para Cristo, de ser la luz del mundo. Claro que sin el aceite, de nada nos sirve. Sin la presencia del Espíritu Santo, sin la unción de Dios, nuestra fe es reducida a religiosidad hueca y vacía.
Lo más curioso es que - según cuenta Jesús y Él siempre tenía razón-, como el Novio tardaba, todas las doncellas se echaron a dormir. Todas. Esto no significa que en la actualidad todos los cristianos estemos echándonos una profunda siesta, pero curiosamente, aquellos que están realmente activos y encendidos son los que han oído la voz. Nos cuenta Jesús que a la media noche, se oyó una voz que decía: ¡Ya viene el Novio! Al oírla, todas se despertaron, unas para alumbrar, mientras que las otras se quedaban a oscuras por su falta de previsión y de provisión.
El mensaje para mi está bien claro. Si no anunciamos la venida de Cristo y la tomamos como inminente, lo más natural es que nos echemos a dormir. La vida ardiente de los primeros cristianos estaba motivada por un mismo sentir: el deseo de la pronta venida del Reino de Dios y de su gran Rey. Jesús mismo había enseñado a los discípulos a orar para que "venga Tu Reino y se haga Tu voluntad en esta tierra como se hace en el cielo". El libro del Apocalipsis acaba con un clamor: ¡Sí, ven Señor Jesús! Desgraciadamente ésta última es una de las oraciones menos pedidas por la cristiandad, que, supuéstamente, tiene en esa venida la esperanza de toda victoria y realización.
Para aquellos primeros discípulos, la segunda venida de Cristo era motivo de esfuerzo y un claro enfoque del que recoger fuerzas, aún cuando el acontecimiento quedara muy lejano. La historia nos revela claramente el resultado de abandonar esa esperanza y de cómo la cristiandad entró en un sueño que ha perdurado durante siglos. Hoy, sin embargo, cuando todos los indicios apuntan gritando hacia el pronto regreso del Rey, no podemos dejar de aclamarlo a los cuatro vientos. Sí, nos acercamos rápidamente hacia el fin. Todas las señales descritas en los profetas y confirmadas por el mismo Jesús, están aquí. Podemos mirar hacia otro lado y seguir durmiendo, o podemos oír ese clamor y despertarnos. Es hora de encender las lámparas y ser la luz del mundo. Es hora de manifestar nuestra fe y de agarrarnos a nuestra maravillosa esperanza. Es hora de decirle a todo el mundo que Dios les ama y que deben conocerle. Es hora de renunciar al sueño de la carne para que brillen en nosotros las verdades eternas. Si no lo hacemos ahora, es posible que volvamos a un sueño del que no podamos despertar a tiempo.

martes, 9 de agosto de 2011

TIEMPO DE LIMPIEZA PROFUNDA



Daniel 11: 35
Algunos de los sabios caerán - en el tiempo del fin - para ser depurados y purificados y emblanquecidos, hasta que llegue el momento, porque hay un plazo establecido para ello.
Daniel 12: 10
(En aquel tiempo) muchos seran purificados y emblanquecidos. Los malvados continuarán con sus maldades y ninguno de los incrédulos entenderá, pero los ententidos comprenderán.



Si queremos de verdad marcar una diferencia en esta sociedad en la que vivimos, si deseamos alcanzar grandes triunfos de realización, y disfrutar de esa profunda satisfación que da el saber que estás haciendo exactamente lo que debes hacer, y que es lo mejor de todas las posibles decisiones que hubieras podido tomar, debemos entonces dar el paso de entregar nuestra voluntad a Dios. Todos tenemos sueños y aspiraciones, o las tuvimos en algún momento de nuestra vida; tenemos además preocupaciones y responsabilidades que atender. Seguramente no llenan nuestro corazón, pero ocupan nuestro tiempo. Este mundo está lleno de gente así. Encontramos a nuestro alrededor grandes luchadores que aprovechan sus habilidades y su suerte para triunfar. Pero el mayor de los éxitos no puede sustituir la plenitud de nuestra entrega a Dios.
El evangelio nos cuenta de un joven rico que fué a Jesús para averiguar qué debía hacer para alcanzar esa plenitud divina. Jesús le habló, primeramente, de obedecer las leyes que Dios había dado a Moisés. Pero él ya las cumplía desde su infancia y, obviamente, no era suficiente. Así que Jesús le pudo revelar el secreto de la plenitud que buscaba: Si quieres ser perfecto -le dijo-, dónales tus posesiones a los pobres y sígueme. Esa maravillosa noticia que ya había transformado la vida de los apóstoles, puso triste al joven, porque tenía muchas riquezas y no se quería desprender de ellas. Amaba a Dios pero confiaba en sus pertenencias y en su dinero. ¿Ves? No es suficiente con que los creyentes amemos a Dios con todo nuestro corazón. Eso está bien y es necesario para que le busquemos y le obedezcamos por los motivos correctos, pero hay un paso más hacia la plenitud de vida: Tenemos que confiar totalmente en Él.
La sociedad ha visto ya a muchos que acuden a las iglesias los domingos u otros días, a personas que se confiesan cristianos y publican su compromiso, lo cual es necesario para que los corazones puedan recibir un testimonio de primera mano, pero la mayor necesidad es la de creyentes llenos de fe y confianza en su Señor, que han experimentado la libertad maravillosa de la sola dependencia de Dios. En hostelería se dice que no hay mejor publicidad que la de un cliente satisfecho. Lo mismo se puede decir del reino de Dios. Por eso, estoy convencido de que conforme el mundo empeora y nos acerquemos a la venida o regreso de Cristo, Dios va a llamar a la Iglesia a dar pasos de mayor dependencia de Él. Las posesiones se vuelven nuestras enemigas si confiamos en ellas en vez de en Dios. Por el contrario, podemos dejarlas atrás, si es necesario, sabiendo que Dios está con nosotros y eso es suficiente, porque Él proveerá.
Como el profeta Daniel anunciara en los capítulos once y doce de su libro, muchos tendrán que ser purificados, limpios y emblanquecidos, para que nada sustituya a Dios en sus corazones, antes de que Jesús venga a rescatarnos para darnos la plenitud de plenitudes. Desgraciadamente, doctrinas como la de la prosperidad han dado pie a que los corazones se llenen de codicia por lo material, como si de ello procediera lo perfecto. Dios cuida de nosotros, pero nosotros debemos cuidar nuestro corazón, para que nada lo ocupe ni se ponga como un ídolo, en lugar de Dios. Creo que Dios va a llamarnos más a una vida de desprendimiento y servicio, en la que las prioridades queden firmemente establecidas y nuestra confianza en Dios sea plena. La sociedad de la opulencia y la codicia necesitan ese testimonio.

sábado, 16 de julio de 2011

LLEGAR A LA RAÍZ

Se dice, y con razón, que todo tiene una causa. Incluso cuando no nos lo parece así o no podemos encontrarla. Las ciencias de la salud saben mucho de ésto. Si el médico no encuentra la raíz del problema, difícilmente hallará la solución para el paciente. Cuando no la encuentran, por lo general y para evitar que la enfermedad avance, probarán uno o varios tratamientos, hasta dar con el que funcione. Claro que eso, a menudo, es como dar palos de ciego; pero al menos se hace algo en la dirección correcta, es decir, buscando paliar la enfermedad llegando a la causa que la provoca.
Desgraciadamente, no ocurre lo mismo con los problemas sociales y económicos que enferman a esta sociedad. Los que han de ponerle remedio no están dispuestos a llegar a la raíz, porque eso implicaría un cambio de mentalidad y unos sacrificios personales de todos aquellos que, supuestamente, dirigen el sistema. Por ejemplo, los políticos tendrían que dejar esos sueldos de opulencia que disfrutan. La administración política del país, emplea a varios cientos de miles de ciudadanos quienes dicen estar ahí al servicio del pueblo. Pero visto el sueldazo que se aplican, parece que sus intenciones sean otras. Lo mismo podríamos decir de la banca, que vive del dinero del cliente, y que se autorremunera con salarios de quitar el hipo, en medio de una crisis económica de espanto.
Con estos ejemplos por delante, nadie que pueda permitírselo, aunque sea a costa de la salud económica del país, quiere ser menos y conformarse con un salario normal. La enfermedad que aflige al sistema se llama avaricia y codicia agudas. Y hasta que no se ataque ese maldito virus que infecta el corazón y la mente de los ciudadanos, comenzando con sus dirigentes, no se hallará solución. Por tanto, ya podemos pronosticar el resultado: colapso total. Todos los remedios que dicen estar aplicando solamente retrasan el desenlace, pero no lo evitan, porque no están sanando, no llegan a la causa del problema. Así que ya podemos decir lo que le va a pasar al dólar y al euro, a los Estados Unidos y a Europa Unida: se derrumbarán. Claro que eso es quizá lo que buscan, porque quieren establecer otro sistema mucho más duro y restrictivo, como suele pasar cuando las cosas no funcionan.
La misma Biblia advierte de ese día, cuando habrá un solo gobierno dominante que impondrá un sistema económico de control totalitario. Para conseguirlo, hará que todos se dejen poner un chip de seguimiento personal, transformando a cada individuo en una parte integrada del sistema más opresivo que el ser humano haya llegado a concebir. Al dirigente que llevará la batuta en todo ese concierto infernal se le conoce en la misma Biblia como el Anticristo. Su sistema estará basado en el 666. Eso reemplazará a las monedas del mundo y prevendrá contra cualquier colapso económico por falta de liquidez. Y como ese señor y sus compinches se creerán los dueños absolutos del mundo, dictarán leyes a su antojo, condenando a muerte a todo el que no quiera pasar por la piedra o el biochip salvador. Asumirán papeles de dioses y doblegarán las voluntades a costa de ahogar la supervivencia de los individuos.
El mundo ya sabe lo que es tener un Hitler en el poder, con sus artes seductoras y sus intenciones mesianistas. Mas de cincuenta millones de personas se dejaron la vida en esa refriega que conocemos como la Segunda Guerra Mundial. Así que ya nos podemos ir dando una idea de lo que ocurrirá cuando este otro salvador imponga su rescate. Hitler tomó a los judíos, a los gitanos y a los negros como cabeza de turco, conduciéndolos a las cámaras de exterminio. Éste otro se volverá contra todo el que se atreva a contradecirle, persiguiendo sistemáticamente a cristianos y creyentes en general, y a todo aquel que se niegue a entrar en su juego de dios dominante.
Así está descrito el futuro inmediato en los libros sagrados. El Apocalipsis no fue escrito para llenar páginas ni para asustar a nadie. Es, como su mismo nombre indica, una revelación certera de lo que le espera a la Humanidad. En estos mismos momentos asistimos a lo que va a ser el derrumbe económico más aparatoso y catastrófico de la Historia. Y no se puede hacer gran cosa para detenerlo, porque los que podrían hacerlo, no están dispuestos a pagar el alto precio de la moderación y el control de la codicia. Estamos, por tanto, abocados a un desenlace mucho más trágico. Mi opinión es que nos preparemos mental y espiritualmente, revisando nuestras vidas y buscando sinceramente a Dios. Al fin y al cabo, también está escrito que la verdadera salvación viene de Él y que no seremos avergonzados quienes depositemos en Él nuestra confianza. Eso sí, entendiendo que Él nos conducirá aún más allá de la muerte.
La misma Biblia que nos habla de un infierno en la Tierra bajo el dominio del Anticristo, nos revela un paraíso posterior, donde finalmente el amor, la justicia y la paz llenarán el planeta, porque el verdadero Mesías, Jesucristo, habrá tomado los pedazos de este mundo deshecho y lo habrá recompuesto. Todo ha sido escrito para que nuestra esperanza sea afirmada. Y la vamos a necesitar en estos tiempos que se avecinan.

viernes, 1 de julio de 2011

LA DIGNIDAD DE LOS INDIGNADOS

Nuestra generación está siendo testigo del resultado de la codicia y de la avaricia desmesurada de políticos, banqueros y grandes potentados de las finanzas y de la empresa, a nivel global. La idea de que la libertad personal para amasar fortunas debe ser protegida y respetada como base fundamental de nuestro sistema, al que llamamos capitalista, se vuelve maligna al mezclarse con la naturaleza humana, contagiada por la codicia y el amor al dinero. No en vano señalaba el apóstol Pablo que el amor al dinero es la causa o raíz de todos los males...y que el buscar las riquezas se había vuelto tropiezo para muchos, quienes habían abandonado la fe y los principios divinos, arrastrados por la misma avaricia de lo material.

Claro que a base de adaptarnos a esa mentalidad, la misma Iglesia sigue cayendo en la trampa o el engaño de las riquezas. No nos damos cuenta, muchas veces, de que nuestra pasividad frente a estas corrientes económicas nocivas para la salud general de los bolsillos - y ahí tenemos la crisis como prueba -, nos hace cómplices de ese mismo sistema. Pero la cosa se agrava aún más, cuando los mismos supuestos ministros del evangelio, pregonan la abundancia y la prosperidad material como doctrina fundamental de su cristianismo. No se dan cuenta de que están abriendo la puerta a la codicia, justificándola con los supuestos derechos de los hijos de Dios a la herencia, en forma de riqueza o prosperidad. Así, se valora mucho más a aquellos emprendedores que son capaces de aportar más dinero a las arcas de la Iglesia que a los pobres, quienes en su dificultad apenas pueden asumir sus propios gastos. Se arenga, por tanto, desde los púlpitos y las pantallas de televisión a donar a los ministerios como clave de la bendición posterior que esto les acarreará. Se hace del creyente objeto de ganancia, como si la Iglesia fuera un mercado o una empresa que cotiza en bolsa y en la que hay que invertir para obtener mejores dividendos.

Rara vez, por no decir ninguna, estos ministros pedirán para cubrir las necesidades de un creyente, una familia o la congregación, en general. La cuestión es que aquellos que están sufriendo las terribles consecuencias económicas de esta crisis global, provocada, como digo y todo el mundo sabe, por la codicia desmesurada de políticos y banqueros, principalmente, acaban por explotar y manifestarse en denuncia de un sistema que no solamente se aprovecha de ellos sino que les exige austeridad, mientras la clase política y financiera sigue llenando sus cuentas a base de grandes sueldos y primas de escándalo. Hipocresía en mayúscula. No es extraño que muchos reclamen una democracia más justa, que quiere decir que aquellos que asumen un puesto como representantes del pueblo, asuman también la crisis en sus propios bolsillos, en vez de aprovecharse del dinero público para salvarse a sí mismos.

Por otro lado, me doy cuenta de que la Iglesia ha perdido, en su adaptación al sistema, mucho de su potencial profético. Cuando el apóstol Santiago arremete contra los ricos injustos y les augura mayores miserias, está dando la cara por la justicia social y económica, que debería imperar en la Iglesia, al menos. Ver Santiago 5, y Hechos 2: 44, 45. Por eso, cuando veo los movimientos pacifistas contra el sistema injusto, no puedo menos que sentirme mal, entendiendo que la Iglesia debería estar a la cabeza de esas manifestaciones, o mejor aún, que debería haber partido de los creyentes, preocupados por la justicia, la iniciativa de dichas protestas u otras parecidas. ¿Dónde estábamos los creyentes cuando se levantaron esas protestas? Algunos ministros del evangelio estaban reclamando a sus congregaciones coches de lujo y trajes de ejecutivos. ¡Que Dios nos ayude!

No nos sorprende que la última de las Iglesias a las que Jesús se dirige en Apocalipsis 3, sea acusada por el mismo Jesús de presumir de su abundancia y sus riquezas, cuando su verdadero estado interior era de miseria. Somos igualmente miserables e injustos si nos acoplamos de tal manera al sistema que acaban confundiéndonos con éste. Somos el reino de Dios y como tal, debemos presentar al mundo una imagen real de sus principios sabios y justos, de amor y preocupación por las necesidades de la gente. Las espirituales, sí, pero también las demás. Creo sinceramente, que hay una gran dignidad en el movimiento de los indignados. Y no lo digo porque considere que éstos sean santos o justos, sino porque la denuncia es necesaria y, en estos tiempos, algunas voces - ojalá proviniese de los creyentes - deben ser oídas, mientras se denuncia la injusticia y la falsedad de un sistema basado, como digo, en la codicia y en la hipocresía de los que dicen representar al pueblo, pidiéndole a este apretarse el cinturón, mientras ellos mismos no están dispuestos al más mínimo sacrificio.

martes, 7 de junio de 2011

EL TERREMOTO DE LORCA - 2ª parte.

Es cierto que siempre ha habido terremotos y que algunos de ellos han sido devastadores; sin embargo, nunca se habían dado a conocer como hoy, haciendo de éstos auténticas noticias de primera plana. Con cada uno de los seísmos, se deja ver también la fragilidad del suelo que pisamos. De alguna manera, la Tierra refleja el fundamento movedizo de la naturaleza humana, sujeta a cientos de cambios diarios, movida fácilmente por las emociones y desviada de su trayectoria por la influencia de pensamientos y opiniones.
En contraste con esta actitud tan variable, la Biblia nos dice que el que confía en Dios es como un monte inconmovible. Me hace pensar en la diferencia entre el que pone su fe en la verdad revelada y el que depende de la opinión de los demás. Ni siquiera la supuéstamente segura ciencia es inamovible. Lo que hoy parece ser el fundamento y pilar de la verdad comprobada, mañana puede ser descartada por otro descubrimiento. Ha ocurrido muchas veces y continúa sucediendo. Y no solamente con la ciencia física, sino con el pensamiento y la religión. Los Papas, por ejemplo, han modificado muchas veces lo que otros antecesores suyos habían instituido como revelación inequívoca. Lo mismo ha pasado con los Concilios. Y, desde luego, se podría aplicar a los dogmas congelados en el tiempo por la resolución firme de la jerarquía. Y otro tanto se puede decir de la filosofía. La Historia está llena de ejemplos.
No nos engañemos. Todo cambia. Porque en esta Tierra todo está sujeto a variación. Solamente la verdad celestial, aquella que desvela los principios eternos, es permanente. Pongamos por ejemplo el amor de Dios. Nunca cambiará, porque es parte de Su naturaleza, y Dios, como dice la Escritura, no cambia. Pero lo mismo podríamos afirmar de la bondad, la santidad, la paz divina y toda una serie de características del propio Dios, que conforman la base de Su reino y el fundamento de las relaciones eternas. Los que son así y exhiben los mismos dones o cualidades del carácter, están siendo forjados para la eternidad, para ese reino inconmovible que es el destino y el propósito por el que estamos aquí, atravesando este periodo de aprendizaje de la vida.
No nos debe extrañar que la Palabra de Dios ponga tanto énfasis en nuestra transformación personal, para ser hechos a imagen y semejanza de Cristo. Al fin y al cabo, solamente Él marca el camino y la actitud a seguir para la reconciliación eterna con nuestro Creador.
Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con el terremoto de Lorca? Pues, sencillamente, que como ocurre con todos los demás temblores de tierra que acaban en tragedia, me hacen recordar que nuestra personalidad puede igualmente desmoronarse y terminar en desastre, si no estamos fundamentados en la fe y el carácter de Jesucristo. No es de extrañar que Él mismo nos advirtiera de oír sus Palabras y ponerlas por obra, si queríamos sobrevivir después de que la vida nos diera alguna de sus muchas y amenazantes sacudidas. Y vienen...y resquebrajan muchas vidas, causando dolor y angustia. Yo diría más. Conforme avanzamos en la Historia, los terremotos físicos, emocionales y espirituales, también, van a ser más frecuentes y dañinos. Ahora depende de nosotros construir nuestra vida a prueba de sacudidas, si no queremos vernos tirados en la calle, lamentando una pérdida irreparable y expuestos al vacío y la inclemencia de la interperie.

domingo, 15 de mayo de 2011

EL TERREMOTO DE LORCA - 1ª parte.

Cuando las desgracias están muy lejanas, aún cuando nos duelan por empatía o simple humanidad, las vivimos como un sueño televisado, desde el cómodo sillón del salón y en panorámica de cuarenta y dos pulgadas. Es cuando se aproximan amenazantes y los gritos nos llegan en vivo y en directo, que nuestros corazones alcanza el grado de máxima sensibilización y nuestra voluntad se ve impulsada hacia la necesidad ajena, sin adornos mediáticos ni exhibiciones fotográficas.
El terremoto de Lorca ha puesto a temblar nuestros pies. Un radio de setenta kilómetros, alrededor del epicentro, se ha visto sacudido por el impacto, como una ola concéntrica. Mi propia hermana, Mari Carmen, profesora de música en Lorca, estaba en ese momento dando clase a sus alumnos. Al temblor- me cuenta ella-, todos los niños acudieron rápidamente a agarrarse a la profe, asustados y confundidos por lo que pasaba y a lo que no estaban, de ninguna manera, acostumbrados.
- Me sobrevino una paz especial, espiritual -sigue explicando-, que me ayudó a calmar a los niños y sacarlos ordenadamente del aula hasta el patio, como hicieron los demás profesores. Algunos de mis alumnos preguntaban si aquello era un simulacro, a lo que tuve que explicarles que no. Muchos de ellos reclamaban a sus mamás. Yo les dije que esperaríamos en el patio, a la interperie, hasta que sus madres llegasen y que no se preocuparan porque estaríamos bien.
Un sobrino político mío, Manolo, estaba en ese momento en otro pueblo del mismo área, enfrascado en la instalación de una depuradora -que es su oficio- en el sótano de un supermercado. A la sacudida, el suelo se dobló y enseguida captó de lo que se trataba. Intentó salir al exterior, cuando se apagó la luz. Entonces se dio cuenta de que la puerta, de apertura eléctrica, estaba bloqueada por falta de corriente. Para colmo, el móvil tampoco disponía de cobertura, por lo que se vio en un verdadero apuro.
Que vivimos en un mundo frágil no debería sonarnos a nuevo a estas alturas. El asunto de los terremotos, algunos con tsunamis incluidos, está trágicamente a la orden del día. Se dice que los japoneses están tan habituados al tema que apenas reaccionan frente a temblores que a nosotros nos darían un susto de muerte. No faltan quienes conectan la proliferación de estas sacudidas, como digo, cada vez más frecuentes, al cambio climático o a los experimentos llevados a cabo desde los centros HAARP. En cuyo caso -y no sería nada extraño, conociendo la naturaleza humana y los intereses creados en las círculos de poder-, la acción del hombre estaría como factor condicionante de esos desastres.
Es muy cierto que siempre ha habido terremotos, así como tormentas destructivas, sobre todo en ciertas regiones del mundo, más sensibles a esos fenómenos. Si el ser humano, como parece ser, ha encontrado la herramienta de manipulación de dichos fenómenos atmosféricos, así como la posibilidad de presionar las capas terrestres con ondas electromagnéticas -millones de watios enviados a la ionosfera para provocar un rebote que apunte en un dirección en particular de la corteza terrestre; de eso se trata el proyecto HAARP -, no sería de extrañar el exagerado aumento de esas tormentas y sacudidas alrededor del globo.
Al ser humano le encanta jugar a ser Dios. Cuanto más poder se le conceda, mayor control querrá tener sobre el medio y sobre los demás seres humanos. Eliminar la competencia y cualquier temor de ser reducidos por otros, le dará justificación suficiente para experimentar y provocar desastres, si es necesario. Hiroshima y Nagasaki han quedado en la Historia como un buen ejemplo de esto mismo. Si ya cuentan , desde hace varias décadas, con esa tecnología, no sería de extrañar que su manipulación apuntase al control de los elementos y de las naciones.
De una u otra forma, Dios ya lo había revelado en la profecía bíblica. Antes de la segunda venida de Cristo, y de la llegada del reino de Dios a la Tierra, ésta se vería sacudida por enormes tragedias. Ahí tenemos el libro de Apocalipsis para informarnos. Te invito a leerlo. No puedo menos que aconsejarte mi libro AL FINAL DE LOS TIEMPOS, como herramienta de ayuda en dicho estudio. Por supuesto hay muchos más y, como se dice, cuanto más mejor...porque el saber no ocupa lugar.
Cuando Dios y el hombre se unen en espíritu y propósito, la Tierra es bendecida con paz y justicia, con progreso y remedio para todos los males. Por el contrario, cuando la unión se da entre el ser humano y Satanás, la destrucción acecha y la ira se apodera del mundo y sus habitantes. Tarde o temprano nos veremos forzados a escoger. Yo ya he elegido seguir a Cristo y publicar la Palabra de Dios como verdadera respuesta a la necesidad humana.

domingo, 1 de mayo de 2011

ADIOS A UN PROFETA

El miércoles de esta semana nos ha dejado David Wilkerson, un hombre de Dios, mundiálmente conocido y reconocido, dedicado a extender el evangelio, y un portavoz de verdades no precisamente cómodas entre las organizaciones religiosas. Se ha ido de forma súbita, en un accidente de tráfico, de los tantos que hay a lo largo y ancho de este mundo y que siegan vidas sin cesar, como un tributo sangriento a nuestra civilización, si podemos llamarla así. Tenía 79 años y conducía en una de esas carreteras de Texas, como las que vemos en las películas, en el corazón de la América profunda, a la que él ha estado advirtiendo durante tantos años sobre las muchas desgracias que la amenazan. Por cierto, en su libro La visión, Wilkerson avisaba de las múltiples catástrofes que la Tierra experimentaría en estos años, entre las cuales figuran los grandes tornados que asolarían buena parte del territorio USA. David se ha marchado, precisamente, en una semana trágica para su país, tal como él profetizaba, en la que los tornados se han cobrado más de trescientas víctimas y han causado una enorme desolación.

Si aún no has leído La visión, te aconsejo que la leas lo antes posible. Está accesible en internet, como tantas otras cosas, de las buenas que se pueden descubrir en la red. No vas a encontrar en el libro un programa exacto y detallado de los sucesos que la Biblia predice para los últimos tiempos, pero sí un recordatorio exhaustivo de los acontecimientos que nuestra generación está experimentando: la crisis económica, los desastres naturales, etc. Y, desde luego, desde una perspectiva sobrenatural, en esa visión que él recibió allá en 1973. Por cierto, en el segundo capítulo se predice una cadena de terremotos en EEUU sin precedentes, a continuación de otro seísmo en Japón. Este último ya lo hemos visto. ¿Quién sabe? Quizá Dios le estaba librando de pasar por un dolor inmenso, observando las desgracias predichas o vistas por él, a su edad.

Uno, a veces, no puede evitar preguntarse por qué Dios permite que las personas así desaparezcan de forma tan repentina. ¿Será que algunas de esas cosas son permitidas como respuesta a las propias oraciones de las víctimas? No estoy diciendo que éste sea el caso, pero me puedo imaginar a Dios escuchando el corazón de los que prefieren partir de este mundo de forma repentina y sin el largo proceso, a menudo doloroso, de una enfermedad degenerativa. Aún así, el verdugo de nuestra civilización, armado de accidentes de todo tipo y de enfermedades directamente relacionadas con un estilo de vida erróneo - estrés, adicciones, velocidad, sedentarismo, etc. - no queda impune, aunque parezca hacer solamente su trabajo, pagado por las manos ocultas en la sombra de los que manejan los hilos de nuestra mal llamada civilización; una civilización que es más un negocio lucrativo para algunos que un estilo de vida válido para la mayoría.

Sea como sea, no quería dejar pasar la ocasión para darle un tributo merecido a la persona y figura de David Wilkerson, un profeta de nuestro tiempo. Por supuesto, en el libro mencionado, él da su opinión sobre algunas cosas en las que no todos estamos de acuerdo. Yo mismo escribí mi libro Al final de los tiempos, para tratar de poner algo de orden necesario en el conjunto de las profecías relativas al tiempo del fin, tal y como la Biblia predice, y de aportar algo más de luz en los temas claves de dichas predicciones. Ya hay demasiada confusión e imaginación sin fundamento, en lo que se publica, ya sea en el cine o en los muchos libros sobre profecía en el mercado. David Wilkerson vio cómo se agolpaban esos sucesos sobre la humanidad y quiso dejar constancia. Nos conviene aprovechar su contenido y leer lo escrito, aunque solamente sea para honrar a alguien que vio el futuro y que fue lo suficientemente valiente como para dejarlo relatado en ese libro.

viernes, 15 de abril de 2011

FRENTE A LA ADVERSIDAD Y SU VALOR

La tecnología actual nos permite observar, prácticamente en directo, escenas de calamidades y desastres en casi cada rincón del mundo. La vista de esas desgracias humanas, nos trae el recuerdo de nuestra fragilidad y relativamente fácil exposición a la tragedia. Vivimos en un mundo altamente peligroso y nuestra resistencia personal es bastante limitada. No hace falta un gran terremoto como el de Japón, para vernos envueltos en desgracias profundas. Cada día mueren miles de personas, víctimas de accidentes de todo tipo o de enfermedades y plagas muy variadas. La cuestión es cómo afrontar esas situaciones. Lo ideal, sin duda, sería evitarlas, pero ya sabemos que eso no siempre es posible. Y si nos alcanza, ¿qué debemos hacer?

Una de las razones por las que me satisface mi fe cristiana es precisamente que, gracias a ésa fe, sé que todo está siendo observado por Dios y Él actúa en medio de las circunstancias desde la óptica de su amor y de su sabiduría. Me explico. Si Dios se dejara llevar por su afecto exclusivamente, nada malo nos acontecería a ninguna de sus criaturas. Su amor es tan grande que impediría cualquier amenaza de dolor o sufrimiento. Entonces, ¿por qué lo permite? Es ahí donde entra su sabiduría. Él ha querido que los seres humanos seamos réplicas suyas, en cuanto a capacidad de decisión y libertad de elección. No obstante, eso conlleva un enorme riesgo. Hemos aprovechado la capacidad de decisión, precisamente, para escoger desde el egoísmo. Es allí en donde se inicia el problema. No hemos tenido en cuenta las consecuencias, ni el daño colateral que pudiera causar nuestra elección. Sencillamente nos apetecía y lo queríamos tener.

Por otro lado, Dios ha establecido al ser humano en comunidad o sociedad, entre otras cosas, para que podamos entender el alcance de nuestras decisiones. Nunca como hoy, la humanidad había experimentado tanta desgracia a consecuencia de posturas egoístas tomadas por individuos desde posiciones de influencia y de poder. La crisis económica de los últimos años, es un buen ejemplo de ésto. Pero también lo son la contaminación medio ambiental, el hambre, la violencia de género, la plaga de alcoholismo juvenil, la de la droga, la gran tasa de accidentes de tráfico, y una enorme lista de otras decisiones iguales o parecidas con sus nefastas consecuencias. Solamente en España, mueren más de cincuenta mil personas al año a consecuencia del tabaquismo. Cada uno de esos casos, origina un impacto de dolor y desgracia en derredor.

¿Que qué tiene que ver todo esto con la sabiduría de Dios? Primeramente, Él está tratando de enseñarnos a tomar decisiones. Ver el fruto y el resultado de las malas, debería hacernos recapacitar y corregir. Impedirlas por completo, conllevaría el cese inmediato de la libertad de elección, lo que Dios no va a hacer. No, por lo menos, mientras el peligro de destrucción total no aparezca. Si aprendemos, por otro lado, de estas experiencias y corregimos, habremos aprendido algo para siempre.

Ahora bien, ninguno de los cambios que Dios está buscando en el ser humano sería permanente, si no entendemos que se tiene que producir otro cambio más personal y profundo en nosotros. Esa es la misión de Cristo en el mundo: volver nuestros corazones a Dios. Jesús hizo todo lo posible para revelar el sentir de su Padre celestial, así como su poder y sabiduría. Por tanto, nos llama al cambio. El primero, al recibir ese amor en nuestros corazones. El segundo, al depositar nuestra confianza en Él, mediante una entrega a su señorío y capacidad de dirección. Nadie como Dios, quien ha creado todas las cosas, puede enseñarnos a vivir de manera que nuestras decisiones sean para bien de todos, aunque eso signifique, a veces, sacrificar nuestro deseos egoístas. Al darle a Jesús toda nuestra confianza, le damos la oportunidad de enseñarnos su punto de vista, su perspectiva de las cosas. En ese lugar, los que creemos sinceramente en Él, hemos descubierto el sentido y el propósito de cuánto acontece en nosotros y a nuestro alrededor. Dios ha compartido, también, con nosotros el futuro, dejándonos verlo en su Palabra. En ese horizonte, observamos cómo Él soluciona todas las cosas y establece un gobierno de paz y justicia verdaderas y permanentes. Y nos llama, desde lo más hondo de su amor, a participar de ese futuro con Él.

Solo entonces entendemos que la inversión y los riesgos asumidos por Dios en este planeta, lo que incluye el inmenso acopio de desgracias y tragedias, habrá merecido la pena. Al menos para todos aquellos dispuestos a aprender de la experiencia y a confiar en ese amor y sabiduría divinos. Por el contrario, una cerrajón a romper con el egoísmo y una indisposición continua al amor de Dios, solamente perpetuaría nuestras desgracias y nos mantendría sumidos en una espiral de dolor y muerte. Por ello, desde las páginas de la Biblia, se nos avisa: Si escuchamos hoy su voz, no endurezcamos nuestros corazones.

Por todo ésto, lo mejor que podemos hacer frente a los graves problemas de la vida es acercarnos más a Dios, prestarle más atención a su Palabra y permitirle a su amor, tomar el control de nuestros pensamientos y emociones controvertidas. Recordando, además, que a la postre, como dice también su Palabra, ninguno de los que confíen en Él quedará avergonzado.

martes, 29 de marzo de 2011

LA HORA DE LA UNIDAD

Conforme nos vayamos acercando a los tiempos señalados en las profecías como últimos, es decir, el reinado del Anticristo hasta la venida gloriosa de Jesús, vamos a ver cambios tremendos en la sociedad; no solamente los que ahora observamos en los países de Oriente Medio, sino en todos los órdenes sociales y económicos. Y no tan solo en esos lugares que están alzándose en masa, sino en prácticamente todo el mundo. Si a eso le añadimos terremotos, maremotos y diversos cambios atmosféricos igualmente drásticos, vamos a encarar los tiempos más convulsos de la Historia.
El profeta Daniel dijo del Anticristo que pensaría en cambiar los tiempos y la ley. Daniel 7: 25. Todos esos cambios anunciados afectarán también al ser humano y su estilo de vida. Es mejor prepararse para el futuro inmediato que pensar en que las cosas continuarán como siempre, porque no es así. La Escritura no puede ser quebrantada. Por lo general, aconsejo a los que aún no han tenido la oportunidad, que lean mi libro AL FINAL DE LOS TIEMPOS. En éste, recopilo las profecías bíblicas relativas al futuro de la humanidad y de la Iglesia, de forma ordenada, con el fin de darlas a conocer de manera fácil y comprensible. Pero juntamente con mi libro, aconsejo leer el de David Wilkerson, titulado LA VISION. Las cosas que el autor vio en 1973 en su famosa visión sobrenatural, se despliegan ante nuestros ojos como libro abierto. Curiosamente ha sido también la resolución de Naciones Unidas del mismo número -1973-, la que ha dado pie a la intervención militar contra Gadafi. Por cierto, fue en 1973 cuando el mandatario libio saltó a la escena internacional en aquellas famosas reuniones de OPEP, que dieron lugar a la crisis del petroleo de ese año. Lo recuerdo, porque fue ese mismo año, además, en el que me convertí al Jesucristo e inicié mi vida cristiana.
Pero historias aparte, no solamente la sociedad mundial va a experimentar esos cambios más o menos tajantes; la misma Iglesia, o todas las Iglesias en general, van a ser también sacudidas por los acontecimientos. Va a llegar el momento en el que nos tendremos que olvidar de las diferencias y ser capaces de unirnos. No hablo de una unidad ecuménica, como la que Roma pretende, y en la que otras denominaciones tratarían de entrar. Hablo de la unidad verdadera, la espiritual, la de dejar atrás las luchas interdenominacionales y las fronteras puestas por los hombres; la unidad como resultado de tomar una mayor conciencia de Cristo en nuestros corazones y mentes, en un mucho más comprometido deseo de servirle y tenerle como Señor y Cabeza. ¿No es ese acaso el verdadero cristianismo? Sin estructuras sobre las que mandar ni patrimonios materiales que proteger, los cristianos estaremos abocados a defender nuestra fe contra corriente, clamando a los cuatro vientos la única salvación posible para el género humano, la de Cristo, la que Él logró por nosotros en aquella cruz del Gólgota.
La verdad es que la hora ha llegado en la que deberíamos asumir ese papel en el mundo de una manera mucho más implicada. No en vano Jesús anunció que sería predicado el evangelio en el mundo entero, para que todas las naciones tuvieran ese testimonio; y entonces vendría el fin. Mateo 24: 14. La propia Iglesia, la formada por todos los creyente sinceros, sin apellidos humanos ni muros divisorios, debe ser sacudida y alertada. El tiempo es corto. El mismo planeta parece sumarse a esa sacudida, como si quisiera poner en vilo a la población mundial, elevando los grados en la escala de Ritchter. Es hora de despertar del sueño, dirían los apóstoles de Jesús. Y desde luego lo es. Es la hora de abandonar la apatía, de revisar las convicciones, de entregarse con más sinceridad a Cristo y su causa, de leer con más atención las Escrituras, de repasar las profecías, de buscar una mayor unidad de la fe y de la vivencia cristiana. Es la hora de los valientes, la de los profetas como Elías, la de los mártires, la de los creyentes llanos dispuestos a entrar en el heroísmo por amor a Jesucristo. Es nuestra hora y debemos aprovecharla.

lunes, 14 de marzo de 2011

PREPARADOS PARA LAS SACUDIDAS

El mes pasado hablábamos de los acontecimientos que nos sorprenden con una destrucción que no esperábamos o con cambios que se precipitaron sobre nuestra vida o nuestro entorno. El terremoto, con tsunami incluido, en Japón ha venido a confirmar esta realidad. La Escritura, como dijo Jesús de Nazaret, no puede ser quebrantada. En el capítulo siete del evangelio de San Mateo, el mismo Jesús advierte que los que no pongan en práctica sus palabras, serán como aquellos que edificaron su casa sobre arena, que no aguantarán los golpes de la tormenta cuando venga. La fuerza de la naturaleza, cuando arremete con sacudidas como los terremotos que estamos observando estos años, solamente pueden ser neutralizadas con un fundamento a prueba de todo.
Dios está tratando de darnos ese fundamento sólido e invencible, para que cuando las tormentas y los temblores de la vida sacudan nuestro terreno, podamos estar firmes y superarlos. Es tiempo de revisar nuestros cimientos y ver sobre qué estamos edificando. Nuestra confianza debe estar fundada en Cristo. A menos que aprendamos a apoyarnos en Dios y a confiar plenamente en Él, estamos expuestos a ser derribados y destruidos por las fuerzas que se desatan en nuestra contra. Las naciones están siendo hoy sacudidas por levantamientos masivos de gentes que buscan un cambio. Los gobiernos son removidos por el impacto de esos tsunamis sociales. Vivimos en tiempos de convulsión, no solo geológica, sino económica, social y política. Estoy convencido, por la profecía, de que se aproximan grandes cambios a la humanidad, tan sorprendentes como los que estamos viviendo en estos días, al observar las revueltas en Oriente Medio y el norte de Africa, o los terremotos como el de Haití, Chile o Japón.
La gran pregunta es: ¿Estamos preparados para estos movimientos venideros? ¿Estamos firmes en nuestra fe para que, suceda lo que suceda, podamos sobreponernos y superar el impacto? En el capítulo 21 del evangelio de San Lucas, Jesús anuncia para los días antes de su regreso a la tierra: Las naciones serán presa de confusión y terror, por el bramido del mar y el ímpetu de las olas. Todos los habitantes del mundo desfallecerán de miedo y de ansiedad por las cosas que se les viene encima, porque incluso los cielos serán conmovidos. El libro del Apocalipsis, por otra parte, nos advierte del impacto que el sistema del Anticristo tendrá sobre los pueblos. Impondrá una marca en la mano derecha y en la frente, para que ninguno pueda comprar ni vender sin ésta. Y será declarado antisocial y peligroso, con condena de persecución y muerte, todo aquel que se negare a su implantación. Jesús llamó a esos días, tiempo de angustia y de tribulación, como nunca antes ha podido sufrir la humanidad. San Mateo 24.
Creo firmemente que Dios nos está llamando a una revisión de los fundamentos de nuestra vida. Es tiempo de que nos pongamos en paz con Él y de que prestemos mucha más atención a sus palabras. Un terremoto de la magnitud como el que ha golpeado Japón, hubiera arrasado al país, sin dejar edificio alguno en pie, provocando millones de víctimas. No ha sido así, porque se tomaron medidas y los edificios han sido diseñados a prueba de movimientos sísmicos. La prevención y la preparación adecuada han salvado a un país de una destrucción completa. Solamente la palabra de Dios puede darnos ese fundamento necesario para encarar la dificultad y los golpes de la vida. El tiempo de prepararse es ahora. Busquemos a Dios más intensamente. Atendamos a su palabra, para creerla y vivirla. Preparémosnos para los cambios que el futuro cercano nos depara. El tiempo no corre en vano. No desaprovechemos la oportunidad que Dios nos está dando hoy.

viernes, 25 de febrero de 2011

POR SORPRESA

Muchos de los sucesos que, por su intensidad e importancia, afectan o cambian nuestra vida, se fraguan a lo largo de un periodo más o menos largo. Quizá se originaron en alguna decisión, o en algún otro suceso previo. De cualquier manera, lo normal es que pasen por un proceso, hasta que las condiciones se den para que venga el cambio. Esto nos ocurre, por ejemplo, con las relaciones de pareja, que se inician en una decisión de acercamiento y concluyen en un compromiso de vida compartida. O con un negocio, planificado durante meses, antes de que cuaje y esté activo.
Otras veces, sin embargo, el suceso acontece de forma repentina y casi inexplicable. La pérdida de un ser querido, tras un accidente o un infarto, estaría en esta categoría. Por supuesto, un análisis más concienzudo sobre el caso, nos dejaría ver, seguramente, que ni siquiera esos sobresaltos nos vienen sin aviso. Por lo general, el problema se estaba gestando ya durante mucho tiempo, aunque estuvieramos ignorantes de lo que se preparaba. Si nos sorprende, es precisamente porque no lo veíamos venir.
Hoy día, los acontecimientos a nivel mundial también nos están sorprendiendo. Las revueltas en el mundo árabe y musulmán, se están precipitando sobre los países de esa etnia sorpresivamente. ¿Quien le iba a decir a Mubarak, considerado junto con Nasser y Sadat, un padre del Egipto moderno, que tras treinta años de éxito político, o al menos así lo pensaba él, le iba a estallar en la cara una sublevación popular de ese tipo? En el breve plazo de unas pocas semanas, su liderazgo había sido desechado y se veía obligado a abandonar la presidencia. Lo mismo se puede decir de Gadafi. Este había comenzado como el héroe libertador de Libia. Pero cuarenta años después, y tan solo en unos pocos días, la calma aparente se transformó en una sangrienta guerra civil que apenas comienza.
El apóstol Pablo, al escribir sobre el tiempo del fin a los cristianos de Tesalónica, les dice en su primera carta, en el capítulo cinco: Mientras las naciones hablen de paz y seguridad, les sobrevendrá una destrucción repentina, de la que no escaparán. La paz ha sido muchas veces ya apuñalada por la espalda, a la vuelta de la esquina, de forma sorprendente para la mayoría. Pero ninguna de esas veces fue a consecuencia de una decisión instantánea. Por lo general, las cosas se venían preparando para el golpe final. No siempre se ve con anticipación lo que supuestamente acabará en grandes cambios. La Biblia, sin embargo, no solamente revela algunas de las estrategias y procesos de la política y la economía de los últimos tiempos, sino que nos habla del resultado final, de forma que no nos tome por sorpresa.
Con razón el apóstol Pedro nos advierte, en su segunda carta, para que estemos atentos a la profecía, como a una antorcha en la oscuridad. La política y la economía mundial se están preparando para alcanzar el climax revelado en Apocalipsis: Un solo gobierno y una sola economía mundiales, bajo la dictadura del Anticristo. Nos conviene no pasar por alto el proceso de los acontecimientos actuales en ese campo; de otra manera, nos podemos ver sorprendidos por lo que acabará pasando en el mundo. Jesús dijo que cuando viéramos todas estas cosas, levantáramos nuestra vista, porque el fin se acercaba. No lo digo por arrojar tintas de pesimismo, sino todo lo contrario. Lo que está escrito tiene que cumplirse, nos guste o no. Pero podemos esperarlo activamente, o nos podemos echar a dormir, deseando que todo fuera mentira. La sociedad, a nivel global, se prepara para ese punto profetizado. Por eso, los acontecimientos actuales se dirigen en esa dirección. Y, además, parecen precipitarse, como si el tiempo se acelerara hacia el desenlace predicho. No perdamos de vista lo que ocurra en los próximos meses y años, y preparemos nuestras mentes y espíritus para cambios dramáticos. Acudamos a la Palabra de Dios y obtengamos fuerzas de su verdad. Dios nos aguarda en sus páginas, repletas de sabiduría, revelación, consejo y fortaleza.

viernes, 4 de febrero de 2011

YA NO FALTA TANTO

Los movimientos políticos a lo largo y ancho de la geografía, así como los avances de la ciencia, los altibajos de la economía mundial, el incremento incesante de la delincuencia y la violencia, entre otras facetas de nuestra sociedad actual, avanzan rápidamente hacia la definición de un perfil histórico: el cumplimiento de las profecías bíblicas sobre el fin de una era. Salta a la vista, cada vez más, la necesidad de un gobierno mundial, de un control más eficaz de la información y de los vaivenes económicos, de una moneda única, o mejor dicho, de un mundo sin dinero; ese que siempre es susceptible de manipulación, de evasión a paraísos fiscales, de pérdida en manos de especuladores avaros y sin escrúpulos, de ladrones de guante blanco y alma ennegrecida por la codicia.

Si quieres saber a donde desemboca todo este proceso histórico en el que estamos inmersos en esta época, tiene que leer el Apocalipsis y las profecías de buena parte del Nuevo y del Antiguo Testamento. A consecuencia de todos esos síntomas de nuestro tiempo, el mundo se va mutando en un reality show. Las cámaras siguen conquistando calles y carreteras, mercados y edificios públicos, entradas de hogares y centros de espectáculos. De hecho, cada ciudadano es portador hoy de una cámara insertada en su móvil, desde la que puede captar la imagen de cualquiera sin que lo notemos. La vigilancia avanza imparable hacia la saturación de nuestras ciudades y vías de comunicación. Los numerati, esos espías de los movimientos en internet y de las llamadas desde nuestro móvil, nos siguen clasificando en grupos de consumo. Los satélites que rodean el planeta desde las zonas más altas de la atmósfera, nos vigilan sin tregua, desnudan nuestra intimidad y revelan los detalles más insólitos de nuestros edificios, jardines y prácticamente de todo lo que se levanta sobre la superficie de la Tierra o cruza los océanos.

Por su parte, los que mueven los hilos de la economía, siguen fraguando un mundo inseguro y caótico, el que les conviene para agarrar la sartén por el mango con la suficiente fuerza como para darle la vuelta a la tortilla. En efecto, esa vuelta a la situación es necesaria para llegar al control absoluto, no solo de la economía sino del propio ser humano. Más pronto que tarde, veremos a los gobiernos respaldar la idea de sustituir el dinero por datos de control de producción. Datos estos insertados en un microship, que a su vez es implantado dentro del cuerpo. Apocalipsis 13 revela clarísimamente que será en la mano derecha o en la frente. Lugares más fáciles de manejar y de controlar desde un lector digital de implantes informatizados. ¿Suena a futurismo? Pues mucho de lo que hoy manejamos en nuestro puesto de trabajo o en nuestras casas, era hasta hace muy poco material de ciencia ficción.

Los creyentes tenemos que tomar ciertas decisiones, si es que vamos a sobrevivir en un mundo de control absolutista, no solo de la economía personal, sino del mismo alma del ser humano. De acuerdo a Apocalipsis y a las predicciones del profeta Daniel, se prohibirá todo tipo de creencia espiritual, se cambiarán las fechas del calendario y las leyes, en un intento de capturar las mentes y dominarlas; se impondrá un gobierno mundial centralizado; se acaparará todo el poder en un solo sistema y en la figura de un hombre: el Anticristo. Bajo su mandato, las persecuciones serán feroces, contra todo aquel que le desafíe rehusando someterse a su control. El planeta será barrido por guerras, plagas y catástrofes. El terror y la angustia serán el pan de cada día. No ha habido un tiempo como ese en la historia, ni lo volverá a haber, según las palabras del profeta Daniel y del mismo Jesús. Será tan terrible, que muchos cristianos rehusan creer que Dios les permita estar en la Tierra en un tiempo así. Pero Apocalipsis habla de cristianos en medio de esa situación. Pero también habla de victoria y superación. Así como de la intervención divina contra aquel malvado sistema hasta su total exterminio.

No falta tanto para que lleguemos a ese reality show global y real como la vida misma. Y es bueno saberlo, o Dios no lo hubiera revelado a través de sus profetas. Está escrito y, como Jesucristo dijo: La Escritura no puede ser quebrantada. Otra cosa es si estamos mentalizados y si nos estamos preparando para ese día. Dios es fiel y nos sigue advirtiendo. Como en este artículo de un servidor, que como una minúscula voz en el desierto, proclama una vez más lo que está destinado a suceder. Te aseguro que yo me estoy preparando, al menos en mentalización y estado emocional, que no es poco. Hago mi vida consciente de que puede ser que pronto ya no la pueda continuar de la misma manera. Y mientras espero, procuro dar lo máximo de mí, para que otros puedan estar advertidos y prepararse también. Y que alguien que quizá como tú, no se lo había planteado jamás, se pare lo suficiente como para considerar las señales de que ese mundo se acerca; y quizá logre que no sea demasiado tarde para él o para ella.

viernes, 21 de enero de 2011

LA IMPORTANCIA DE LOS DETALLES

La inmensa mayoría hemos vivido lo suficiente como para darnos cuenta de que el bienestar que buscamos, incluido ese sentimiento de felicidad que tanto nos importa, no depende de los grandes movimientos políticos o los vaivenes de las macro cifras económicas; al menos no tanto como depende de las cosas que manejamos cada día, las relaciones cotidianas y los pequeños logros o fracasos que vamos experimentando. De ahí el tremendo valor de los detalles. Las mujeres nos lo vienen señalando de continuo. Valoran, sin duda, las mejoras del hogar, los aumentos de sueldo o las promociones profesionales; pero para ellas, nada de eso, ni por supuesto de lo que ocurra a niveles más altos de la sociedad o de la economía, puede sustituir el detalle de una palabra de cariño, de una frase, por corta que sea, de valoración de lo realizado, por pequeño que sea. Y lo mismo podríamos decir de los otros detalles: unas flores, una cena a solas, unos bombones; etc. Es así como nos damos cuenta de que la felicidad no se logra tanto con grandes movimientos o cambios, como con los detalles de amor, de apreciación sincera y de valoración personal.

Por eso, la vida cristiana basada solamente en el logro de las grandes conquistas, en cifras estadísticas que revelan que estamos avanzando en la consecución de nuestros objetivos, no es tan satisfactoria como la que tiene en cuenta el pequeño y cotidiano detalle del amor. Es ese tiempo, aunque sea corto, pero siempre que sea de calidad, que pasamos en intimidad con el Señor. O los minutos que disfrutamos de meditación en Su Palabra. Es ese gesto generoso de dar al necesitado, de sonreír al agobiado, de ponerse al lado del que sufre, de guiar un alma a Cristo, de orar por un enfermo, etc. el que llena el alma de satisfacción y nos hace sentir que la felicidad está a nuestro alcance. Por supuesto, esto no debería privarnos de aspirar a las grandes metas, la de llevar el evangelio a las naciones, la de conquistar los medios e influir en la política de un estado. Lo que no sería conveniente es sacrificar los detalles por la consecución de esos macro objetivos, no sea que que el evangelio que le llevemos quede en una filosofía más, repleta de grandes teorías pero carente de sustancia, por no ofrecerles modelos cotidianos de cómo vivirlo.

En otro campo, los detalles son igualmente importantes. Me refiero al de la revelación. Jesús no solamente enseñó grandes principios generales de cómo funciona el reino de Dios. Fue específico, metiéndose en los detalles. Las parábolas están llena de esas aparentes minucias, que revelan que nuestro Dios es tan personal como para tener el detalle de contar todos nuestros cabellos. Así de cerca nos ve y así de interesado está en nuestra situación. Por su parte, el apóstol Pablo, al hablar de la vida cristiana, no solamente expuso los grandes temas de la fe y de la gracia, de nuestra herencia en Cristo y de la gran esperanza a la que tenemos que agarrarnos en este mundo; también detalló lo que significaba amar, ser sinceros y andar en la luz. Sin los detalles, las grandes mansiones se vuelven neveras y las Iglesias congeladores. Por eso, si quieres comprobar si el Espíritu Santo nos ha visitado con su fuego; o mejor aún, si quieres saber si el calor del Espíritu aún pervive en los cristianos, tienes que fijarte en los detalles.

Te invito a hacer lo mismo respecto a la profecía. Dios nos ha dado multitud de detalles en el tema de la revelación del futuro. Si no los tenemos en cuenta, nos podemos estraviar en las grandes ideas y doctrinas acerca del tiempo del fin, de la figura del Anticristo, del arrebatamiento, de la venida de Cristo, del Milenio, etc, etc. Tenemos que prestar más atención. Por poner un ejemplo, hay en los libros proféticos alrededor de sesenta descripciones de la persona, carácter y obra del Anticristo. Si no les prestamos atención, acabaremos inventándonos el nuestro propio. No es de extrañar que haya tanta confusión con respecto a los personajes y acontecimientos del futuro. Debemos ser algo más detallistas en nuestros estudios, aunque nos lleven más tiempo y requieran más esfuerzo por nuestra parte. Mi libro Al final de los Tiempos es un intento por llamar la atención a esos detalles e invitar, de paso, al creyente y al curioso a involucrarse lo suficiente en la profecía como para estudiarlos.

Mucha gente en los días de Jesús, se perdió el disfrutar de tener tan cerca al Mesías anunciado, por estar ignorantes de los detalles proféticos sobre su persona y ministerio. Él se encargó de revelárselos a los discípulos, con el fin de que apreciaran lo que tenían en Él y aprovecharan al máximo la inmensa oportunidad que estaban recibiendo. Que no nos pase a nosotros hoy, que por ignorancia no sepamos en qué momento de la Historia estamos o qué deberíamos esperar. Busquemos el detalle y dejemos que nuestro detallista Dios nos alumbre con la verdad. Quizá esa pequeña parte de la verdad a la que no habías prestado atención, sea la clave para que experimentes una liberación mayor, una felicidad más completa y profunda, una victoria total sobre tus dificultades.

martes, 11 de enero de 2011

RENOVADOS, REVITALIZADOS

Dios estableció los tiempos, o su medida, para que estuvieramos conscientes de su curso. "No tenemos todo el tiempo del mundo", se dice cuando hay que hacer algo sin dilación. Con cada nuevo año, seguimos tomando conciencia de nuestro tiempo y de la importancia de aprovecharlo. Así, entramos en el 2011 con la intención de sacarle el máximo rendimiento. Ahora bien, para que esto pueda ser una realidad y éste sea un año del que podamos estar satisfechos, necesitamos entender la necesidad que todos tenemos de renovación, al menos de vez en cuando. La renovación cíclica y constante es parte de la vida cristiana. El hecho de estar en la fe de Cristo, supone una renovación. Jesús mismo fue llamado Renuevo, en al menos cuatro Escrituras del Antiguo Testamento. Sin duda Él fue el renuevo que el Israel religioso y caduco necesitaba en su tiempo. Pero también lo es para cada ser humano que se acerca a Él. Todos estamos igualmente caducos y sin vitalidad, a causa del pecado y de la ignorancia. Es cuando aceptamos la vida de Cristo en nosotros, que experimentamos un renacer, como el árbol seco que recibe una oportunidad en ese rebrote primaveral, cuando ya nadie lo esperaba. Cristo nos devolvió a la vida.

Pero la vida cristiana misma es un ciclo, como el estacional. O al menos la experimentamos así. No porque haya estaciones espirituales, sino porque el ser humano está vinculado a esta tierra y a este sistema de devenir y cambio. A veces estamos pletóricos de vitalidad y acción. Podemos decir que nuestras vidas son fructíferas y damos el máximo de rendimiento. Otras, sin embargo, parecemos estar en decadencia y en cansancio. Dejamos de producir y nos cerramos en un otoño de timidez y aires fríos. Por supuesto, eso nos conduce a un invierno emocional. Las tormentas interiores nos impulsan al recogimiento y a la mínima acción. Parece que solamente podamos aspirar a sobrevivir y poco más. Desgraciadamente, llegado a ese punto, muchos se desaniman, dando por hecho que ellos no tienen lo necesario para aspirar a una vida mejor, a un cristianismo más productivo y pleno. Demasiados creyentes se han aparcado en su invierno particular y dejado de llevar fruto para Dios.

En realidad, es cuestión de entender que de la misma manera que entramos en el invierno, podemos salir de él, si nos abrimos a una renovación primaveral. Cristo y Su Palabra, tienen la capacidad de producir en nosotros toda la vitalidad necesaria para sacarnos del invierno y de la escasez. La Biblia nos insta a buscar el rostro del Señor, sabiendo que Él es nuestra fuente de vida, calor, luz y renovación. En la carta a los Hebreos, capítulo 12, se nos dice que andemos la carrera de la vida con los ojos puestos en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe. En el Salmo 34, leemos que cuando miramos al Señor, somos alumbrados, y desaparece la verguenza de nuestro rostro. El efecto de estar expuestos al Señor es revitalizador para nuestro entendimiento y para nuestros corazones.

Te animo, si estás en ese periodo invernal, a que te acerques al Señor en estos días. No te conformes a la inactividad, a la pasividad del invierno, que te dejará una sensación de inutilidad y de desamparo espiritual. Nuestro Sol está siempre activo. En Dios no hay cambio ni sombra de variación. Podemos siempre contar con Él y ser renovados en ÉL. Su santo Espíritu nos bañará de nuevo, cuando le busquemos con confianza, abiertos para recibir su presencia y vitalidad. Renuévate en Jesús, para que en este año, puedas darle más y mejores frutos. Pídele esa renovación, desde lo más profundo de tu ser. Dios te la dará, sin duda.

Los tiempos apuntan hacia un invierno duro, de frio y tinieblas, cuando muchos van a perecer, perdidos en esos temporales. Es precisamente en esos momentos de desesperación, cuando los creyentes tenemos que estar más encendidos y llenos de vitalidad que nunca. Somos la única esperanza para una generación que va hacia el peor momento de la Historia. Estamos acercándonos al fin. El venidero gobierno mundial, con todo su impulso globalizador, acabará imponiendo un sistema de control total y absoluto, en detrimento de la libertad. Buscar a Dios y confiar en Él será declarado antisocial e ilegal. Las medidas extremas utilizadas por un sistema anticristo, forzará a los hombres a adorar a su Lider o a escapar. No podremos permanecer ni tímidos ni temerosos. Ahora es el momento de renovarnos en Cristo y en nuestras convicciones, de llenarnos de su fuerza y entrar en un compromiso de permanencia en la Palabra de Dios. Solo así, podremos ser la luz del mundo en medio de aquella oscuridad. Este es un desafío que no podemos eludir. Tómalo para este año 2011. Estamos más cerca de ese gobieno mundial y de ese anticristo de lo que nos imaginamos.