martes, 21 de diciembre de 2010

UN CLAMOR GENERAL

Hay cosas que comienzan tímidamente, como una opinión, una idea o una corriente de pensamiento y van, poco a poco, extendiéndose entre la gente, hasta constituirse en la creencia de un colectivo o de una mayoría. Si dicha mayoría se deja llevar por ciertas ideas, movidos por el carisma de quien las expone o por el beneficio que pueda extraer de ese pensamiento, puede acabar aceptando y creyendo algo totalmente erroneo, por más atractivo que le parezca. Lo mismo ocurre cuando conocemos superficialmente a alguien bien parecido, que despierta en nosotros el deseo de disfrutar de su presencia. Si le aceptáramos, sin más, como pareja, sin conocer el fondo de su corazón, sus verdaderas creencias y motivaciones, podríamos cometer un tremendo error, del que podríamos estar arrepintiéndonos por el resto de nuestra vida.

Las tradiciones comienzan de esa manera. La costumbre de una persona, o su pensamiento, pasa a otro más. La exposición convincente prende en algunos y éstos, a su vez, contagian a otros. Lo hemos visto pasar con la fiesta de Halloween, las modas de peinados u otros oenamentos en la piel o en la ropa, las fiestas de carnaval  y las de tradición religiosa, etc. La sociedad está llena de tradiciones, muchas de las cuales pasan a formar parte del calendario anual de celebraciones. Algunas son verdaderamente banales, juegos de divertimento de los que uno puede o no participar, sin más repercusión que lo vivido durante el festejo. Otras, sin embargo, contienen una mayor carga de compromiso y revelan una mayor participación en las ideas que se exhiben. Son estas últimas las tradiciones que deberían ser examinadas con mayor profundidad. De otra forma, podríamos acabar atrapados en un error, casados con quien nunca debimos y atados a una cadena que nos impediría avanzar en nuestro crecimiento interior y en la libertad verdadera.

Una creencia no se hace más válida por la cantidad de gente que la siga. Necesitamos una revelación más fiable de lo que sea la verdad y de lo que realmente proceda de ella. Esa es la enorme ventaja que tenemos en Cristo. El es la verdad. Su Palabra es la verdad. Los interpretes de la misma pueden estar equivocados, pero mientras la Palabra de Dios esté disponible, el Espíritu de Dios, quien la inspiró, estará a nuestra disposición para seguir alumbrando nuestro entendimiento con ella. Sin embargo, para no enturbiar sus aguas limpias, debemos deshacernos de todo pensamiento o idea preconcebida. Hemos de acercarnos a la revelación como niños, dispuestos a oír y aprender. No digo que dejemos fuera nuestro cerebro o nuestra capacidad de razonar, porque entonces solo seríamos zombis programados. Hablo de la actitud necesaria para escuchar lo que procede del amor de Dios, una clara revelación de Sus propósitos e intenciones. 

Justo en estas fechas de tradición, cuando la Navidad se ha impuesto como fiesta clave del calendario, debemos ahondar en los orígenes del cristianismo, en el conocimiento de Aquel que le puede dar sentido a la tradición. Sin Jesús, ésta o cualquier otra, sería una celebración muerta, exenta de vida. Algunos creyentes han rechazado la fiesta por temor a caer en una tradición más pagana que cristiana. Y es posible que no les falten razones. A menos que ésta, como otras, sea una ocasión para fijar nuestros ojos en la Palabra de Dios, y descubrir de nuevo cuales son nuestras raíces espirituales, quien es nuestro salvador, cuales son las verdades que nos alumbran y hacia dónde nos dirigen. No nos dejemos llevar por el clamor popular. Busquemos la veracidad en todas las cosas y, sobre todo, mantengamos la Biblia y el corazón abiertos, para asegurarnos en las verdades eternas, aquellas que claman desde el reino de Dios: uno que no será destruido jamás y al que hemos sido llamados. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

DECISIONES QUE MARCAN

Para poder entender bien nuestro presente, es imprescindible que analicemos nuestras raíces, las cuales, inevitablemente, nos conducen al pasado. Solamente cuando entendemos lo que nos ocurrió en un momento determinado, podemos hallar respuesta a los "porqués" de nuestra situación actual. De ahí la tremenda importancia de la Historia y del pasado individual de cada uno.

Nos ocurre lo mismo con respecto al futuro. La Biblia nos habla de un tiempo en el que las cosas serán diferentes y los acontecimientos darán un giro a la humanidad que no podríamos comprender sin un análisis y observación de nuestro presente. Lo que la sociedad vive hoy, está determinando su porvenir. Lo que ocurre a nivel social, sucede también en el personal. Si estuvieramos más conscientes de esta realidad, tomaríamos más en serio nuestras decisiones. Pensaríamos más en las consecuencias futuras que en el logro instantáneo que podamos obtener. Al menospreciar las consecuencias a largo plazo, caemos en el error de pensar que las semillas que esparcemos con cada decisión no van a crecer nunca. Estamos preocupados por la obstención de una cosecha rápida y no en lo que crecerá después. Esto, exactamente, es lo que suele pasarle al educador que da una respuesta rápida, para quitarse al niño de encima, sin tener en cuenta lo que pueda ocurrir a consecuencia de esa respuesta. El objetivo inmediato era que el niño saliera y nos dejara tranquilos y estamos satisfechos si lo hemos logrado. Pero aquella frase que le motivó a irse, como "Sal y date una vuelta", puede ser un pase hacia una aventura en la que no nos hubiera gustado que se metiese.

A nivel socio-económico, se toman muchas decisiones para salir del paso, sin prestarle demasiada atención a los resultados en un futuro un poco más lejano. El problema de las burbujas de la construcción, por ejemplo, reside básicamente en esta falta de verdadera previsión. Era bueno mientras duró, pero no se calcularon las consecuencias a largo plazo. Como resultado, el mundo se ha metido en una de las peores crisis económicas de la Historia. Hace unos pocos años, el presente económico era halagüeño. Había trabajo y corría el dinero. Lo que nadie parecia sospechar era que se estaba cabando una tumba que se tragaría gran parte de ese esfuerzo, arrastrando a muchos negocios y empresarios a un callejón sin salida.

Saltemos ahora al tema de la profecía. Leemos en el profeta Daniel que cuando los trasgresores lleguen al colmo de su delincuencia, se levantará un gobernante de rostro altivo y entendido en secretos, para anunciar así el tiempo del Anticristo. Lo que la misma sociedad y sus responsables políticos y religiosos no parecen darse cuenta ahora es que, al no frenar efectivamente la corrupción y la continua violación de las normas morales, estamos preparando el terreno para ese Anticristo anunciado. Es cierto que lo que está escrito debe cumplirse, pero eso no nos quita responsabilidad alguna. Lo que sembramos hoy, lo recogeremos mañana. Si con nuestra negligencia o autocomplacencia le abrimos la puerta al enemigo, éste la aprovechará para entrar y robarnos o destruirnos.

Es hora de que meditemos un poco más, si no mucho más, nuestras decisiones. Tanto a nivel personal como laboral, social o económico. Y, por supuesto, deberíamos acudir con mayor frecuencia a la Palabra de Dios, para aprovechar su sabiduría y su consejo. No vayamos de gallitos por la vida. Busquemos sinceramente a Dios y asegurémosnos en Él. El proverbio salomónico nos aconseja a fiarnos del Señor con todo nuestro corazón y no dejarnos conducir por nuestras propias opiniones y razonamientos. Al fin y al cabo, ¿de quién podemos recibir un buen consejo y una excelente orientación sino de Dios y de su sabia Palabra? Nunca como hoy, el creyente ha necesitado apegarse a la Biblia y llenar el cerebro y el corazón de ella. Si queremos recoger una buena cosecha en el futuro, no hay otro camino.

lunes, 8 de noviembre de 2010

RESTAURAR TODAS LAS COSAS

Uno de los aspectos a tener en cuenta cuando hablamos del Tiempo del fin, es el del papel restaurador de la Iglesia, en cuanto a sus mismos principios y vivencia del reino de Dios. La idea de que Elías, o su espíritu, tendrían una manifestación protagonista, de alguna forma, en este tiempo, se ve en conexión con ese papel restaurador. Jesús se refirió al profeta como el que restauraría todas las cosas. Mateo 17:11. El último párrafo del libro de Malaquías, el último también del Antiguo Testamento, lo presenta como el que volvería el corazón de los padres hacia los hijos y viceversa. Malaquías 4: 5 - 6. Ambas referencias podrían ser entendidas también como ministerios en el final de los días.

Muchos han hablado ya de la restauración de los ministerios originales de la Iglesia, incluido el profético y el apostólico. Y se restauran como ministerios necesarios en estos momentos de la historia, para devolverle a la Iglesia lo que nunca debió perder y fortalecerla en su crecimiento, o en su estirón y madurez finales, antes de la venida de Cristo. Es obvio, por otro lado, que la Iglesia perdió algunas cosas en el camino, que debió retener. Para muestra, es suficiente resaltar el papel liberador que la Primera Iglesia ejerció en cuanto a la enfermedad y la opresión satánica en las mentes y cuerpos de los seres humanos. El Nuevo Testamento está lleno de ejemplos de esto mismo. Tanto Jesús como  sus discípulos entendieron que esta lucha contra las fuerzas del enemigo era esencial para manifestar el poder real del reino de Dios que predicaban.

Desgraciadamente, el mismo Satanás que causa tanta desgracia en la humanidad, se encargó también de que esos ministerios cesaran, y que la Iglesia pusiese su vista en los reinos de la tierra y en las posesiones materiales. Esto significó, sin duda, una gran pérdida que había que restaurar. Ese proceso ya comenzó hace un tiempo, gracias a Dios, pero aún hay mucho que hacer. La Iglesia necesita entender que Jesús es su sanador y la sociedad precisa de una manifestación clara y visible de ese poder.

Los ministerios profético y apostólico están en proceso de ser restaurados, es cierto, pero ¿podríamos decir lo mismo de disciplinas que quedaron en manos seculares y que parecen haber caido en el olvido de la mayor parte de la Iglesia? Me refiero a las artes, a las ciencias, al Magisterio y a muchas otras que tradicionalmente fueron impulsadas por la cristiandad, pero que hoy parecen haber cedido su terreno, como si Dios ya no quisiese glorificarse en esos campos por medio de su pueblo. También en éstos  se hace necesaria una restauración. Recuperar lo que al fin y al cabo le pertenece a Dios y a los suyos, esto es, a nosotros los creyentes. Necesitamos tomar ciertas iniciativas en esas disciplinas, sin complejos, y con la vista puesta en la manifestación de la sabiduría y excelencia del Dios Creador. ¿Acaso no hemos sido llamados a eso mismo? Pero las prácticas consideradas espirituales parecen haber delimitado su territorio, dejando fuera a ciertas ciencias y artes, como si éstas hubieran perdido su capacidad de revelar a Cristo en nosotros. Es hora de que el pueblo de Dios se quite complejos y se saque de encima la idea de que estamos limitados o debemos quedarnos en solo ciertos aspectos de la vida, cuando en realidad todo es nuestro en Cristo.

Quiero animar desde aquí a toda una generación, la de hoy, que no ha recibido la visión correcta de lo que es la Iglesia y de lo que nos pertenece, para que saquemos a relucir los talentos y la sabiduría que el Espíritu de Dios ha puesto en el nuestro, y dar así  a conocer su poder y plenitud. 

Que vuestra luz alumbre delante de los hombres, para que al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre celestial. Mateo 5: 16

lunes, 1 de noviembre de 2010

EN ESTE TIEMPO

En este momento de la historia, estamos asistiendo a una decadencia de valores y principios tal que lo que había sido la base moral de las naciones, está dejando paso a otra completamente distinta, en la que todo es aceptado, por el solo hecho de que una minoría lo reclame, sin consideración al bien general, ni a las enseñanzas bíblicas sobre el bien y el mal. La política gobierna al pueblo y el voto gobierna al político. Este es ahora su dios. De lo que no se dan cuenta es que al quitar de en medio el consejo y la ley divinos, están adoptando medidas que acabarán revelándose como destructivas. El voto es fácil de conseguir cuando se le promete al ciudadano que , con independencia de si es conveniente o no para el resto o para el futuro, se le apoyará su tendencia o deseo. El voto lo justifica todo; lo que deja claro cual es la verdadera intención de los gobernantes: gobernar a toda costa. Y no es extraño, viendo el salario que perciben y los privilegios de los que gozan.

Pero la ciudadanía depende de esas decisiones. La moral de una sociedad debe ser establecida sobre los límites sabios de la Palabra de Dios. Y no estoy hablando de tener gobiernos teocráticos, regidos por religiosos. Hablo de la formación del individuo, de los conceptos asimilados como válidos para la convivencia sana y productiva. Me refiero al verdadero amor, al servicio como actitud frente al conciudadano y la sociedad, a la capacidad de sacrificio del deseo propio, cuando éste se nutre del abuso de otros o de la corrupción de su naturaleza. Cuando el egoismo es asumido como base de la sociedad, el terreno está abonado para que lidere el más fuerte. Y en esta sociedad, ese es el que más votos consiga. Pero el verdadero valor no está en la cantidad de votos captados, sino en los principios adquiridos, en la integridad moral, en la actitud generosa hacia el débil, en la protección de la infancia, en la honradez administrativa, en la utilización honesta de los fondos públicos, en la consideración hacia los desposeidos y marginados, en la educación integral e integradora, en la protección de la salud de todos. Sin estas riquezas, más votos significa más miseria y más pobreza a repartir.

El papel de los creyentes en este tiempo, pasa por fortalecer nuestras convicciones morales y altruistas. Ser la sal de la tierra o la luz del mundo, nos ubica en un lugar de responsabilidad y liderazgo, no por los votos, sino por el contenido. Cristo en nosotros nos hace puntos de referencia en medio de la sociedad, o así debería ser. Pero esto no depende del nombre de la Iglesia a la que estemos vinculados, ni siquiera al título de cristianos, sino al verdadero valor adquirido en nuestro carácter por la verdad que hayamos asimilado, por el amor que hayamos puesto en práctica hasta hoy. Solo podemos dar lo que vivimos.

En estos tiempos de oscuridad y decadencia, la Iglesia debe, más que nunca, asumir el papel de luz de faro, que pueda indicar el camino que conduce a los náufragos y navegantes a buen puerto.  Pero no podemos resplandecer a base de oro y joyas, de posesiones y títulos. Es la luz que brota de nuestro interior la que cuenta, la que hace de nuestros labios instrumentos de bendición, la que da fuerzas a nuestras manos para servir al prójimo y mueve nuestros corazones en compasión por el género humano, conscientes del alto precio que Jesús de Nazaret pagó por su salvación. Ese es nuestro principal liderazgo, nuestra mayor responsabilidad en un tiempo como éste. Debemos de vivir los principios del reino de Dios revelados por Cristo y, así, comunicarlos. 

sábado, 23 de octubre de 2010

¿ESTAMOS EN EL TIEMPO DEL FIN?

Despues de oir ciertas noticias o artículos sobre las condiciones del mundo, a más de uno se nos ha quedado, como una nube blanca en el  fondo azul de las ideas del firmamento de nuestro intelecto, esta pregunta: ¿Estaremos llegando al fin de nuestro mundo? No es extraño que en tales condiciones proliferen las películas y publicaciones sobre el tema y que las masas se agolpen para ver lo último que Hollywood, como si se tratase de una pitonisa de bajo coste, nos tenga que decir al respecto.
Si hacemos un repaso, siguiendo las estadísticas de la OMS, FAO, UNICEF y diversa ONGs, de las profundas necesidades y condiciones de este mundo que, por cierto, nadie sabe cómo manejar adecuadamente, leemos que:
  • Hay 300.000 niños soldados activos en guerras,
  • 10 millones de niños explotados sexualmente, y
  • casi 1 millón y medio de niños con SIDA.
  • Se practican al año en el mundo 40 millones de abortos,
  • mueren 8.000 personas diarias de SIDA y
  • más de 3.000 en accidentes de tráfico diariamente, mientras que
  • los países gastan diez veces más en armamento que en ayuda humanitaria, y que
  • por primera vez en la historia, en la parte rica del mundo mueren tantas personas por enfermedades derivadas del exceso de comida, como en la otra por las consecuencias de la escasez.

La lista se haría interminable si añadimos las cifras del incremento de la delincuencia, la drogadicción, el alcoholismo, los suicidios, la violencia de género, los divorcios, lo expansión de las enfermedades venereas o las derivadas del estrés. Si además contamos las bajas de las guerras en el último siglo y las causadas por terremotos, inundaciones y tormentas tropicales, por ejemplo, las cifras son apabullantes.

El profeta Daniel, en el Antiguo Testamento, nos cuenta en el capíulo 8 de su libro, que surgiría un personaje en el tiempo del fin, al que las profecías identifican con el Anticristo, después de que los trasgresores - léase todos los que se saltan las leyes humanas y divinas- lleguen al colmo. La profecía dice así: Al final del reinado de aquellos reyes, cuando los trasgresores lleguen al colmo, se alzará un gobernante de rostro altivo y experto en secretos. Su poder se hará enorme, por la ayuda que reciba; y causará grandes ruinas, hará como se le antoje y prosperará; destruirá a los poderosos y al pueblo de Dios. Con su astucia engañará a muchos; se enaltecerá en su corazón y, sin avisar, destruirá a mucha gente. Después se levantará contra el Principe de los principes, pero será destruido, aunque no por la mano del hombre. 

Como en el capítulo citado se insiste en que la profecía es para el tiempo del fin, cabe esperar que éste sea una época de gran proliferación de todo tipo de violación de las normas y leyes morales. La pregunta es: ¿Hemos llegado hasta ahí? Y si no, ¿Qué más tiene que pasar para que lleguemos? No sé cual será tu opinión a la vista de lo que ocurre en nuestro mundo, pero yo tengo la impresión de que si no estamos ya en el mismo final, nos estamos acercando rápidamente. Esto significaría que en cualquier momento, ese gobernante de rostro orgulloso y experto en ciertos secretos, estaría a punto de asomar al panorama de la actualidad, para recibir un gran respaldo y tomar el control de la situación. Desde luego no para mejor, aunque en algún momento lo pudiera parecer.

No digo esto  para que, como en otras ocasiones se haya visto, nos dediquemos a esperar el problema y la solución del cielo, sino para que seamos conscientes del tiempo en el que nos ha tocado vivir. La Iglesia primitiva, la apostólica, ya esperaban al Anticristo y el regreso de Jesús. Aquella idea de la pronta venida del Mesías para la restauración final del reino de Dios, mantuvo a los cristianos de su época en plena actividad. Había que dar una oportunidad al mundo entero de que conocieran lo que Cristo había realizado para la salvación del género humano, antes de que fuera demasiado tarde. El mismo apóstol Pablo planeaba llegar a España con el evangelio, con la idea de alcanzar el fin de la tierra, que lo era para el imperio romano.

La misión de la profecía es alumbrar en la oscuridad. En estos tiempos debemos levantar esta antorcha para que los que no ven, vean. Y para que los que vemos, nos despertemos del sueño y seamos capaces de vernos a nosotros mismos, y al mundo que nos rodea, bajo esa luz. ¿Estamos listos para el surgimiento del Anticristo? ¿Qué haremos si las cosas se precipitan y ese gobernante mundial se hace con el poder de un momento a otro?¿Te parece que las condiciones actuales del mundo son las adecuadas para que surja un gobernante así?¿Estamos en el tiempo del fin? Son preguntas a las nunca antes habíamos tenido que enfrentarnos con tanta urgencia. ¿Cómo lo ves?


lunes, 18 de octubre de 2010

AVISO PARA PASTORES Y LIDERES

Estoy en plena promoción del libro "Al final de los Tiempos". Con cita previa, puedo visitar las Congregaciones para presentarlo y dar un estudio escatológico general, de inspiración y edificación para todos, así como responder a preguntas sobre el tema de profecía bíblica. Aquellos que no lo hayan leído aún, en la página web del libro pueden leer los dos primeros capítulos y obtener una orientación breve. La misión principal del libro es dar a conocer la profecía bíblica, de forma ordenada, cubriendo todos los temas o tópicos principales de las revelaciones sobre el futuro de la Iglesia y de la humanidad.

Para entrar en contacto, podéis mandarme un correo a jjgilglez@gmail.com. Os atenderé de inmediato. Saludos y bendiciones. Sinceramente.

Juan José Gil González. 

jueves, 14 de octubre de 2010

LA ULTIMA IGLESIA

Recuerdo que hace ya muchos años, mientras leía la opinión de Kenion sobre la condición de la Iglesia en las inmediaciones de la venida de Cristo - cuando éste afirmaba que una iglesia poderosa, consciente de quién es en Cristo y qué poderes están puestos a su disposición, se alzaría como un ejército -, mi corazón se llenaba de esperanzas y de deseos de llegar a ser y formar parte de esa Iglesia. No estaba mal encaminado Kenion. Es muy posible que él percibiera, proféticamente, el resurgir de una Iglesia plena de poder y capaz de resistir y vencer los ataques del Anticristo y de todo su aparato político y militar. No en vano, el profeta Daniel afirmó, hace más de dos milenios y medio que, a la aparición de ese gobernante anticristo final, el pueblo que conoce a su Dios se esforzaría y entraría en acción. Dn 11: 31 - 32.
Debemos admitir que, como Iglesia, no siempre hemos entrado en acción cuando se requería una respuesta a los terribles personajes que la historia ha ido trayendo en su devenir, ni ante los disparates que se han ido instalando en la sociedad como algo "normal" y "bueno". Quizá por temor a perder algunos privilegios o a quedar en malas condiciones para el futuro. Obviamente, frente al Anticristo o su sistema, la última Iglesia no reaccionará con ese temor. Quizá porque ya no aspiraremos a otro futuro que no sea el reino de Dios traído por Cristo a la Tierra. Admito, con el corazón en la mano, que yo quiero creer, y creo, en ese ejercito espiritual final. Y creo, también, que ese contingente de soldados de fe debe prepararse ahora. Sin un entrenamiento previo a la acción, es dificil que la respuesta sea tan efectiva como debiera. La Iglesia fue concebida por Jesús, como un ejército espiritual que abatiría las puertas mismas de la muerte y del infierno. Mateo 16: 18. Y no solamente para los momentos finales de la historia, sino para toda la historia de la Iglesia.
Deberíamos reconocer nuestros errores pasados  y aprender de ello. No nos educaron para vivir en la verdad, fieles al evangelio y a los principios divinos. Creemos en esos principios y verdades, pero hemos querido nadar y guardar la ropa. Hemos puesto nuestro empeño en que todo el mundo hable bien de nosotros, como si eso fuera garantía de fidelidad a Cristo. Lucas 6: 26 nos dice que es todo lo contrario. Y en ese altar del supuesto buen testimonio, hemos sacrificado nuestro compromiso profético con la misma verdad. Callamos y dejamos de denunciar multitud de errores y de amenazas para nuestros hijos, en medio de una sociedad diseñada para transformar al ser humano en animal de consumo. Nos hemos adaptado y conformado a la corriente, como si fuéramos de este mundo. Con razón se dice que el temor al futuro es uno de los peores.
Ahora bien, se supone que al tener a Cristo, tenemos ese futuro asegurado. Sabemos que tenemos vida eterna en El y que estamos siempre en sus manos, que no deberíamos temer lo que el hombre pudiera hacernos, porque El está con nosotros todos los días , hasta el fin del mundo. Mateo 28: 20b Entonces:¿Dónde está pues nuestra fe? ¿No será que hemos levantado reinos e imperios que no queremos poner en peligro?¿Acaso tenemos miedo de que nos falte la ayuda divina si denunciamos los errores del mundo y de sus gobernantes? ¿Estamos cegados y no vemos el espíritu del Anticristo ya en operación? ¿Cual es nuestra reacción frente a su avance? ¿Acaso no conocemos el resultado de tanta maldad, violencia e injusticia?
Sinceramente, creo que tenemos razones e indicios suficientes para saber que estamos llegando al colmo de la maldad, cuando se levantará ese rey de rostro altivo y especialista en secretos del que nos habla Daniel 8: 23. La oscuridad se cierne sobre el mundo con más intensidad que nunca. Para la sociedad, es la hora del sueño y de la busqueda desordenada de placeres. Para la Iglesia debe ser la de la vigilia y la acción. Es hora de levantarse y comenzar a actuar de acuerdo con las señales de los tiempos y con nuestros principios. Debemos recordar que el tiempo que resta es corto y que si no nos despertamos ahora, podemos quedar cegados frente a los ataques de un sistema terrible impuesto por el Anticristo sin aviso, y para el que nunca nos preparamos adecuadamente. Si el fin se acerca, la última Iglesia de la historia debería estar alistándose. No podemos ceder a los temores, como si Dios no estuviera con nosotros, ni debemos seguir complaciendo a nuestros deseos y apetitos que nos hacen depender de la sociedad. Nuestra confianza debe ser puesta plenamente en Dios y solo en Él. Es hora de estudiar la Palabra de Dios intensamente, de predicar el evangelio sin demora, de servir a nuestros hermanos con el sincero amor de Cristo, de buscar a Dios con mayor intensidad que nunca antes y de vivir nuestra fe, con tal convicción y amor, que la presencia de Dios en nuestras vidas se manifieste donde quiera que estemos. Ese es el ejercito que Cristo está esperando que se levante y nos está llamando a filas. La llamada al compromiso total con El es hoy. Somos la última Iglesia.

miércoles, 6 de octubre de 2010

FIN DE LA CULPABILIDAD

La percepción que tenemos de nosotros mismos determina nuestra autoestima, pero también nuestro valor y determinación en alcanzar ciertos objetivos. Muchas veces nos frenamos, o nos retiramos de la lucha, porque nos vemos inferiores e incapaces de lograrlo. Aún como cristianos, podemos estar demasiado conscientes de nosotros mismos y decaer. ¿Por qué? Obviamente porque sabemos de nuestras limitaciones y fallos. Nuestra humanidad es demasiado dominante y nos hace tropezar y caer muchas veces. La conciencia de pecado, o "culpabilidad", hace presa de nosotros y nos reduce. Perdemos el valor y la agresividad contra las dificultades y nos rendimos demasiado pronto. Con esta actitud, no nos debe sorprender que nos veamos incapaces de encarar los acontecimientos del fin, al anticristo y la persecución venidera. De hecho, oramos para que nada de eso nos ocurra, aún cuando deseamos que Cristo venga, y preferimos creer que vendrá la Parusía anunciada antes de la manifestación del anticristo, con un arrebatamiento "justo a tiempo" para librarnos de toda oposición y tragedia. Una forma de acallar nuestros temores y salirnos por la tarjente.
Creo, sinceramente, que debemos analizar nuestros pensamientos y emociones, para averiguar el por qué de nuestra actitud huidiza y cobarde. Quizá en el fondo de todo ese sentimiento de temor oculto, estén nuestras culpabilidades aún no resueltas. Hemos creido que Jesús pagó por nuestros pecados, pero nos cuesta vernos limpios antes de que los hayamos superado con un estilo de vida impecable e inmaculado. Lo cual, desde luego, nunca llega. En el espíritu, podemos sentir lo ecos de la culpabilidad, como si resonaran desde el cielo, señalándonos, juzgándonos y condenándonos a una vida cristiana inferior. Sabemos en teoría que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, pero no nos vemos cubietos y perdonados por Dios. El apóstol Pablo llega a llamar a los creyentes santos y perfectos, y lo aceptamos en teoría, como una verdad revelada, pero nuestros corazones no acuñan esos términos ni nos vemos como tales. No es de extrañar que nuestra expectativa de ver el poder de Dios manifestarse en plenitud, de formas milagrosas y portentosas, al estilo de Cristo o del Antiguo Testamento, sea tan débil. Aceptamos la realidad del Dios Todopoderoso, al que llamamos Padre, pero nuestros corazones no se alinean con esa realidad. Somos incapaces de golpear las aguas al grito de "¿Dónde está el Dios de Elías?", que le abrió las puertas a Eliseo para manifestar su doble unción de poder. 
En Apocalipsis 11, descubrimos a dos testigos, profetas, actuando en esa misma unción, frente a las fuerzas del anticristo y su sistema. Quizá representen a toda una Iglesia llena de ese poder, que ya no escucha más los ecos de culpabilidad, porque, entre otras cosas, "ha sido arrojado fuera el acusador de nuestros hermanos, quien los acusaba de noche y de día ante el trono de Dios" y por eso puede verse manifiesta "la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de Cristo" y "hemos vencido al acusador por la sangre del Cordero, la palabra del testimonio y el desprecio de la propia vida", como leemos en el capítulo 12 de Apocalipsis.
La cuestión es: ¿Tendremos que esperar hasta que Miguel y sus ángeles peleen contra el Dragón y los suyos para andar en esa actitud de victoria, o nos atreveremos a desoir toda acusación del enemigo, poniendo nuestros ojos solamente en Jesús y nuestros oidos atentos unicamente a su palabra? El Mesías puso punto y final al pecado, para presentarnos justos ante Dios. Esto debería bastar para desechar todo sentido de culpabilidad y asumir el papel de autoridad y poder que nos ha sido conferido en Cristo. ¿No crees? 

miércoles, 29 de septiembre de 2010

INQUIETUDES PROFETICAS

Conforme se extienden las noticias sobre la posibilidad de que estemos acercándonos al cumplimiento de lo que, siguiendo las palabras de los evangelios, llamamos El Tiempo del fin, se producen dos tipos principales de inquietudes en los oyentes. Por una parte, algunos se preguntan qué deberían hacer frente a tal posiblidad. Por ejemplo, si la venida del anticristo fuera cuestión de dos o tres años, a partir de ahora, ¿cómo podrían prepararse para tal evento?¿Deberían hacerse planes de emergencia para escapar de su sistema opresor? ¿Es cierto que querrá marcar a todo el mundo? Y en ese caso, ¿cómo nos enfrentaríamos a una crisis de ese tipo?¿Deberíamos marcarnos y entrar a formar parte de su sistema económico?¿Podríamos ser forzados contra nuestra voluntad a recibir esa marca de identificación y control?
Éstas y otras interrogantes más pueden llenar nuestros pensamientos de inquietud respecto al futuro. Por supuesto, lo mejor contra dicho desasosiego es conocer con detalle los acontecimientos finales profetizados en la Biblia. El libro de los Proverbios, capítulo 27, nos dice que el avisado ve venir el mal y se esconde, mientras que los que no hacen caso son dañados. En este sentido, la información profética es esencial. En Apocalipsis, capítulo 1, se nos considera afortunados por tener el privilegio de oír y leer las cosas escritas en el libro. Ya el profeta Daniel, 600 años antes de Cristo, en medio de las revelaciones sobre el fin, del capítulo doce de su libro, advierte que los entendidos comprenderían, mientras que los incrédulos permanecerían en la ignorancia. Solamente el estudio y la información pertinentes nos pueden sacar de ese estado. Nos podemos felicitar por la enorme cantidad de información a nuestro alcance al respecto. Paradógicamente, sin embargo, buena parte de esa información puede venir de fuentes que aumenten la inquietud, en vez de esclarecerla.
Hablemos de ello. Algunos estudiosos se lanzan a dar interpretaciones sobre ciertos personajes y acontecimientos del fin del mundo, sin más base que su propio razonamiento e imaginación, mezclada con algunas sugerencias bíblicas que pueden parecer apoyo suficiente, pero que no lo son. No hay más que oír la cantidad de personajes actuales a los que se les ha colocado ya el titulo de Anticristo. Entiendo la inquietud de algunas personas, bien intencionadas, por descubrir cuanto antes quién pueda ser un personaje de ese calibre e importancia en los últimos tiempos. Pero, desgraciadamente, acaban presentando un panorama confuso. Hemos escuchado a estos inquietos intérpretes decir que Obama es el anticristo. Otros se lo han atribuido a Bill Gates, el fundador de Microsoft. Otros más, a Benedicto XVI, el actual jefe de la Iglesia Católico-romana. Hasta el príncipe Felipe, futuro Felipe VI, de España ha sido señalado como tal posible anticristo. Y, por supuesto, la lista continúa hasta hacerse demasiado larga para darle espacio aquí.
Sinceramente, creo que esas elucubraciones son propias de la inquietud ante el futuro. Los creyentes, no obstante, debemos ser capaces de esperar hasta ver el cumplimiento, con la confianza de que estamos y estaremos en buenas manos: las de Dios. El prometió que nunca nos dejaría ni desampararía, por lo que podemos decir con confianza que el Señor es nuestro ayudador y que no temeremos a lo que nadie nos pueda hacer. Y, desde luego, debemos estudiar con más precisión las señales e indicios bíblicos, lo que nos prevendrá de hacer afirmaciones tan arbitrarias.
Si se da el caso de que nuestra relación con Dios no está bien establecida y desarrollada, porque no hayamos puesto nuestra confianza en Jesucristo, tenemos que empezar por ahí. Así, no solamente encontraremos el camino de la paz, sino la fortaleza para encarar el futuro, cualquiera que sea.