jueves, 25 de noviembre de 2010

DECISIONES QUE MARCAN

Para poder entender bien nuestro presente, es imprescindible que analicemos nuestras raíces, las cuales, inevitablemente, nos conducen al pasado. Solamente cuando entendemos lo que nos ocurrió en un momento determinado, podemos hallar respuesta a los "porqués" de nuestra situación actual. De ahí la tremenda importancia de la Historia y del pasado individual de cada uno.

Nos ocurre lo mismo con respecto al futuro. La Biblia nos habla de un tiempo en el que las cosas serán diferentes y los acontecimientos darán un giro a la humanidad que no podríamos comprender sin un análisis y observación de nuestro presente. Lo que la sociedad vive hoy, está determinando su porvenir. Lo que ocurre a nivel social, sucede también en el personal. Si estuvieramos más conscientes de esta realidad, tomaríamos más en serio nuestras decisiones. Pensaríamos más en las consecuencias futuras que en el logro instantáneo que podamos obtener. Al menospreciar las consecuencias a largo plazo, caemos en el error de pensar que las semillas que esparcemos con cada decisión no van a crecer nunca. Estamos preocupados por la obstención de una cosecha rápida y no en lo que crecerá después. Esto, exactamente, es lo que suele pasarle al educador que da una respuesta rápida, para quitarse al niño de encima, sin tener en cuenta lo que pueda ocurrir a consecuencia de esa respuesta. El objetivo inmediato era que el niño saliera y nos dejara tranquilos y estamos satisfechos si lo hemos logrado. Pero aquella frase que le motivó a irse, como "Sal y date una vuelta", puede ser un pase hacia una aventura en la que no nos hubiera gustado que se metiese.

A nivel socio-económico, se toman muchas decisiones para salir del paso, sin prestarle demasiada atención a los resultados en un futuro un poco más lejano. El problema de las burbujas de la construcción, por ejemplo, reside básicamente en esta falta de verdadera previsión. Era bueno mientras duró, pero no se calcularon las consecuencias a largo plazo. Como resultado, el mundo se ha metido en una de las peores crisis económicas de la Historia. Hace unos pocos años, el presente económico era halagüeño. Había trabajo y corría el dinero. Lo que nadie parecia sospechar era que se estaba cabando una tumba que se tragaría gran parte de ese esfuerzo, arrastrando a muchos negocios y empresarios a un callejón sin salida.

Saltemos ahora al tema de la profecía. Leemos en el profeta Daniel que cuando los trasgresores lleguen al colmo de su delincuencia, se levantará un gobernante de rostro altivo y entendido en secretos, para anunciar así el tiempo del Anticristo. Lo que la misma sociedad y sus responsables políticos y religiosos no parecen darse cuenta ahora es que, al no frenar efectivamente la corrupción y la continua violación de las normas morales, estamos preparando el terreno para ese Anticristo anunciado. Es cierto que lo que está escrito debe cumplirse, pero eso no nos quita responsabilidad alguna. Lo que sembramos hoy, lo recogeremos mañana. Si con nuestra negligencia o autocomplacencia le abrimos la puerta al enemigo, éste la aprovechará para entrar y robarnos o destruirnos.

Es hora de que meditemos un poco más, si no mucho más, nuestras decisiones. Tanto a nivel personal como laboral, social o económico. Y, por supuesto, deberíamos acudir con mayor frecuencia a la Palabra de Dios, para aprovechar su sabiduría y su consejo. No vayamos de gallitos por la vida. Busquemos sinceramente a Dios y asegurémosnos en Él. El proverbio salomónico nos aconseja a fiarnos del Señor con todo nuestro corazón y no dejarnos conducir por nuestras propias opiniones y razonamientos. Al fin y al cabo, ¿de quién podemos recibir un buen consejo y una excelente orientación sino de Dios y de su sabia Palabra? Nunca como hoy, el creyente ha necesitado apegarse a la Biblia y llenar el cerebro y el corazón de ella. Si queremos recoger una buena cosecha en el futuro, no hay otro camino.

lunes, 8 de noviembre de 2010

RESTAURAR TODAS LAS COSAS

Uno de los aspectos a tener en cuenta cuando hablamos del Tiempo del fin, es el del papel restaurador de la Iglesia, en cuanto a sus mismos principios y vivencia del reino de Dios. La idea de que Elías, o su espíritu, tendrían una manifestación protagonista, de alguna forma, en este tiempo, se ve en conexión con ese papel restaurador. Jesús se refirió al profeta como el que restauraría todas las cosas. Mateo 17:11. El último párrafo del libro de Malaquías, el último también del Antiguo Testamento, lo presenta como el que volvería el corazón de los padres hacia los hijos y viceversa. Malaquías 4: 5 - 6. Ambas referencias podrían ser entendidas también como ministerios en el final de los días.

Muchos han hablado ya de la restauración de los ministerios originales de la Iglesia, incluido el profético y el apostólico. Y se restauran como ministerios necesarios en estos momentos de la historia, para devolverle a la Iglesia lo que nunca debió perder y fortalecerla en su crecimiento, o en su estirón y madurez finales, antes de la venida de Cristo. Es obvio, por otro lado, que la Iglesia perdió algunas cosas en el camino, que debió retener. Para muestra, es suficiente resaltar el papel liberador que la Primera Iglesia ejerció en cuanto a la enfermedad y la opresión satánica en las mentes y cuerpos de los seres humanos. El Nuevo Testamento está lleno de ejemplos de esto mismo. Tanto Jesús como  sus discípulos entendieron que esta lucha contra las fuerzas del enemigo era esencial para manifestar el poder real del reino de Dios que predicaban.

Desgraciadamente, el mismo Satanás que causa tanta desgracia en la humanidad, se encargó también de que esos ministerios cesaran, y que la Iglesia pusiese su vista en los reinos de la tierra y en las posesiones materiales. Esto significó, sin duda, una gran pérdida que había que restaurar. Ese proceso ya comenzó hace un tiempo, gracias a Dios, pero aún hay mucho que hacer. La Iglesia necesita entender que Jesús es su sanador y la sociedad precisa de una manifestación clara y visible de ese poder.

Los ministerios profético y apostólico están en proceso de ser restaurados, es cierto, pero ¿podríamos decir lo mismo de disciplinas que quedaron en manos seculares y que parecen haber caido en el olvido de la mayor parte de la Iglesia? Me refiero a las artes, a las ciencias, al Magisterio y a muchas otras que tradicionalmente fueron impulsadas por la cristiandad, pero que hoy parecen haber cedido su terreno, como si Dios ya no quisiese glorificarse en esos campos por medio de su pueblo. También en éstos  se hace necesaria una restauración. Recuperar lo que al fin y al cabo le pertenece a Dios y a los suyos, esto es, a nosotros los creyentes. Necesitamos tomar ciertas iniciativas en esas disciplinas, sin complejos, y con la vista puesta en la manifestación de la sabiduría y excelencia del Dios Creador. ¿Acaso no hemos sido llamados a eso mismo? Pero las prácticas consideradas espirituales parecen haber delimitado su territorio, dejando fuera a ciertas ciencias y artes, como si éstas hubieran perdido su capacidad de revelar a Cristo en nosotros. Es hora de que el pueblo de Dios se quite complejos y se saque de encima la idea de que estamos limitados o debemos quedarnos en solo ciertos aspectos de la vida, cuando en realidad todo es nuestro en Cristo.

Quiero animar desde aquí a toda una generación, la de hoy, que no ha recibido la visión correcta de lo que es la Iglesia y de lo que nos pertenece, para que saquemos a relucir los talentos y la sabiduría que el Espíritu de Dios ha puesto en el nuestro, y dar así  a conocer su poder y plenitud. 

Que vuestra luz alumbre delante de los hombres, para que al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre celestial. Mateo 5: 16

lunes, 1 de noviembre de 2010

EN ESTE TIEMPO

En este momento de la historia, estamos asistiendo a una decadencia de valores y principios tal que lo que había sido la base moral de las naciones, está dejando paso a otra completamente distinta, en la que todo es aceptado, por el solo hecho de que una minoría lo reclame, sin consideración al bien general, ni a las enseñanzas bíblicas sobre el bien y el mal. La política gobierna al pueblo y el voto gobierna al político. Este es ahora su dios. De lo que no se dan cuenta es que al quitar de en medio el consejo y la ley divinos, están adoptando medidas que acabarán revelándose como destructivas. El voto es fácil de conseguir cuando se le promete al ciudadano que , con independencia de si es conveniente o no para el resto o para el futuro, se le apoyará su tendencia o deseo. El voto lo justifica todo; lo que deja claro cual es la verdadera intención de los gobernantes: gobernar a toda costa. Y no es extraño, viendo el salario que perciben y los privilegios de los que gozan.

Pero la ciudadanía depende de esas decisiones. La moral de una sociedad debe ser establecida sobre los límites sabios de la Palabra de Dios. Y no estoy hablando de tener gobiernos teocráticos, regidos por religiosos. Hablo de la formación del individuo, de los conceptos asimilados como válidos para la convivencia sana y productiva. Me refiero al verdadero amor, al servicio como actitud frente al conciudadano y la sociedad, a la capacidad de sacrificio del deseo propio, cuando éste se nutre del abuso de otros o de la corrupción de su naturaleza. Cuando el egoismo es asumido como base de la sociedad, el terreno está abonado para que lidere el más fuerte. Y en esta sociedad, ese es el que más votos consiga. Pero el verdadero valor no está en la cantidad de votos captados, sino en los principios adquiridos, en la integridad moral, en la actitud generosa hacia el débil, en la protección de la infancia, en la honradez administrativa, en la utilización honesta de los fondos públicos, en la consideración hacia los desposeidos y marginados, en la educación integral e integradora, en la protección de la salud de todos. Sin estas riquezas, más votos significa más miseria y más pobreza a repartir.

El papel de los creyentes en este tiempo, pasa por fortalecer nuestras convicciones morales y altruistas. Ser la sal de la tierra o la luz del mundo, nos ubica en un lugar de responsabilidad y liderazgo, no por los votos, sino por el contenido. Cristo en nosotros nos hace puntos de referencia en medio de la sociedad, o así debería ser. Pero esto no depende del nombre de la Iglesia a la que estemos vinculados, ni siquiera al título de cristianos, sino al verdadero valor adquirido en nuestro carácter por la verdad que hayamos asimilado, por el amor que hayamos puesto en práctica hasta hoy. Solo podemos dar lo que vivimos.

En estos tiempos de oscuridad y decadencia, la Iglesia debe, más que nunca, asumir el papel de luz de faro, que pueda indicar el camino que conduce a los náufragos y navegantes a buen puerto.  Pero no podemos resplandecer a base de oro y joyas, de posesiones y títulos. Es la luz que brota de nuestro interior la que cuenta, la que hace de nuestros labios instrumentos de bendición, la que da fuerzas a nuestras manos para servir al prójimo y mueve nuestros corazones en compasión por el género humano, conscientes del alto precio que Jesús de Nazaret pagó por su salvación. Ese es nuestro principal liderazgo, nuestra mayor responsabilidad en un tiempo como éste. Debemos de vivir los principios del reino de Dios revelados por Cristo y, así, comunicarlos.