Conforme nos vayamos acercando a los tiempos señalados en las profecías como últimos, es decir, el reinado del Anticristo hasta la venida gloriosa de Jesús, vamos a ver cambios tremendos en la sociedad; no solamente los que ahora observamos en los países de Oriente Medio, sino en todos los órdenes sociales y económicos. Y no tan solo en esos lugares que están alzándose en masa, sino en prácticamente todo el mundo. Si a eso le añadimos terremotos, maremotos y diversos cambios atmosféricos igualmente drásticos, vamos a encarar los tiempos más convulsos de la Historia.
El profeta Daniel dijo del Anticristo que pensaría en cambiar los tiempos y la ley. Daniel 7: 25. Todos esos cambios anunciados afectarán también al ser humano y su estilo de vida. Es mejor prepararse para el futuro inmediato que pensar en que las cosas continuarán como siempre, porque no es así. La Escritura no puede ser quebrantada. Por lo general, aconsejo a los que aún no han tenido la oportunidad, que lean mi libro AL FINAL DE LOS TIEMPOS. En éste, recopilo las profecías bíblicas relativas al futuro de la humanidad y de la Iglesia, de forma ordenada, con el fin de darlas a conocer de manera fácil y comprensible. Pero juntamente con mi libro, aconsejo leer el de David Wilkerson, titulado LA VISION. Las cosas que el autor vio en 1973 en su famosa visión sobrenatural, se despliegan ante nuestros ojos como libro abierto. Curiosamente ha sido también la resolución de Naciones Unidas del mismo número -1973-, la que ha dado pie a la intervención militar contra Gadafi. Por cierto, fue en 1973 cuando el mandatario libio saltó a la escena internacional en aquellas famosas reuniones de OPEP, que dieron lugar a la crisis del petroleo de ese año. Lo recuerdo, porque fue ese mismo año, además, en el que me convertí al Jesucristo e inicié mi vida cristiana.
Pero historias aparte, no solamente la sociedad mundial va a experimentar esos cambios más o menos tajantes; la misma Iglesia, o todas las Iglesias en general, van a ser también sacudidas por los acontecimientos. Va a llegar el momento en el que nos tendremos que olvidar de las diferencias y ser capaces de unirnos. No hablo de una unidad ecuménica, como la que Roma pretende, y en la que otras denominaciones tratarían de entrar. Hablo de la unidad verdadera, la espiritual, la de dejar atrás las luchas interdenominacionales y las fronteras puestas por los hombres; la unidad como resultado de tomar una mayor conciencia de Cristo en nuestros corazones y mentes, en un mucho más comprometido deseo de servirle y tenerle como Señor y Cabeza. ¿No es ese acaso el verdadero cristianismo? Sin estructuras sobre las que mandar ni patrimonios materiales que proteger, los cristianos estaremos abocados a defender nuestra fe contra corriente, clamando a los cuatro vientos la única salvación posible para el género humano, la de Cristo, la que Él logró por nosotros en aquella cruz del Gólgota.
La verdad es que la hora ha llegado en la que deberíamos asumir ese papel en el mundo de una manera mucho más implicada. No en vano Jesús anunció que sería predicado el evangelio en el mundo entero, para que todas las naciones tuvieran ese testimonio; y entonces vendría el fin. Mateo 24: 14. La propia Iglesia, la formada por todos los creyente sinceros, sin apellidos humanos ni muros divisorios, debe ser sacudida y alertada. El tiempo es corto. El mismo planeta parece sumarse a esa sacudida, como si quisiera poner en vilo a la población mundial, elevando los grados en la escala de Ritchter. Es hora de despertar del sueño, dirían los apóstoles de Jesús. Y desde luego lo es. Es la hora de abandonar la apatía, de revisar las convicciones, de entregarse con más sinceridad a Cristo y su causa, de leer con más atención las Escrituras, de repasar las profecías, de buscar una mayor unidad de la fe y de la vivencia cristiana. Es la hora de los valientes, la de los profetas como Elías, la de los mártires, la de los creyentes llanos dispuestos a entrar en el heroísmo por amor a Jesucristo. Es nuestra hora y debemos aprovecharla.