martes, 29 de marzo de 2011

LA HORA DE LA UNIDAD

Conforme nos vayamos acercando a los tiempos señalados en las profecías como últimos, es decir, el reinado del Anticristo hasta la venida gloriosa de Jesús, vamos a ver cambios tremendos en la sociedad; no solamente los que ahora observamos en los países de Oriente Medio, sino en todos los órdenes sociales y económicos. Y no tan solo en esos lugares que están alzándose en masa, sino en prácticamente todo el mundo. Si a eso le añadimos terremotos, maremotos y diversos cambios atmosféricos igualmente drásticos, vamos a encarar los tiempos más convulsos de la Historia.
El profeta Daniel dijo del Anticristo que pensaría en cambiar los tiempos y la ley. Daniel 7: 25. Todos esos cambios anunciados afectarán también al ser humano y su estilo de vida. Es mejor prepararse para el futuro inmediato que pensar en que las cosas continuarán como siempre, porque no es así. La Escritura no puede ser quebrantada. Por lo general, aconsejo a los que aún no han tenido la oportunidad, que lean mi libro AL FINAL DE LOS TIEMPOS. En éste, recopilo las profecías bíblicas relativas al futuro de la humanidad y de la Iglesia, de forma ordenada, con el fin de darlas a conocer de manera fácil y comprensible. Pero juntamente con mi libro, aconsejo leer el de David Wilkerson, titulado LA VISION. Las cosas que el autor vio en 1973 en su famosa visión sobrenatural, se despliegan ante nuestros ojos como libro abierto. Curiosamente ha sido también la resolución de Naciones Unidas del mismo número -1973-, la que ha dado pie a la intervención militar contra Gadafi. Por cierto, fue en 1973 cuando el mandatario libio saltó a la escena internacional en aquellas famosas reuniones de OPEP, que dieron lugar a la crisis del petroleo de ese año. Lo recuerdo, porque fue ese mismo año, además, en el que me convertí al Jesucristo e inicié mi vida cristiana.
Pero historias aparte, no solamente la sociedad mundial va a experimentar esos cambios más o menos tajantes; la misma Iglesia, o todas las Iglesias en general, van a ser también sacudidas por los acontecimientos. Va a llegar el momento en el que nos tendremos que olvidar de las diferencias y ser capaces de unirnos. No hablo de una unidad ecuménica, como la que Roma pretende, y en la que otras denominaciones tratarían de entrar. Hablo de la unidad verdadera, la espiritual, la de dejar atrás las luchas interdenominacionales y las fronteras puestas por los hombres; la unidad como resultado de tomar una mayor conciencia de Cristo en nuestros corazones y mentes, en un mucho más comprometido deseo de servirle y tenerle como Señor y Cabeza. ¿No es ese acaso el verdadero cristianismo? Sin estructuras sobre las que mandar ni patrimonios materiales que proteger, los cristianos estaremos abocados a defender nuestra fe contra corriente, clamando a los cuatro vientos la única salvación posible para el género humano, la de Cristo, la que Él logró por nosotros en aquella cruz del Gólgota.
La verdad es que la hora ha llegado en la que deberíamos asumir ese papel en el mundo de una manera mucho más implicada. No en vano Jesús anunció que sería predicado el evangelio en el mundo entero, para que todas las naciones tuvieran ese testimonio; y entonces vendría el fin. Mateo 24: 14. La propia Iglesia, la formada por todos los creyente sinceros, sin apellidos humanos ni muros divisorios, debe ser sacudida y alertada. El tiempo es corto. El mismo planeta parece sumarse a esa sacudida, como si quisiera poner en vilo a la población mundial, elevando los grados en la escala de Ritchter. Es hora de despertar del sueño, dirían los apóstoles de Jesús. Y desde luego lo es. Es la hora de abandonar la apatía, de revisar las convicciones, de entregarse con más sinceridad a Cristo y su causa, de leer con más atención las Escrituras, de repasar las profecías, de buscar una mayor unidad de la fe y de la vivencia cristiana. Es la hora de los valientes, la de los profetas como Elías, la de los mártires, la de los creyentes llanos dispuestos a entrar en el heroísmo por amor a Jesucristo. Es nuestra hora y debemos aprovecharla.

lunes, 14 de marzo de 2011

PREPARADOS PARA LAS SACUDIDAS

El mes pasado hablábamos de los acontecimientos que nos sorprenden con una destrucción que no esperábamos o con cambios que se precipitaron sobre nuestra vida o nuestro entorno. El terremoto, con tsunami incluido, en Japón ha venido a confirmar esta realidad. La Escritura, como dijo Jesús de Nazaret, no puede ser quebrantada. En el capítulo siete del evangelio de San Mateo, el mismo Jesús advierte que los que no pongan en práctica sus palabras, serán como aquellos que edificaron su casa sobre arena, que no aguantarán los golpes de la tormenta cuando venga. La fuerza de la naturaleza, cuando arremete con sacudidas como los terremotos que estamos observando estos años, solamente pueden ser neutralizadas con un fundamento a prueba de todo.
Dios está tratando de darnos ese fundamento sólido e invencible, para que cuando las tormentas y los temblores de la vida sacudan nuestro terreno, podamos estar firmes y superarlos. Es tiempo de revisar nuestros cimientos y ver sobre qué estamos edificando. Nuestra confianza debe estar fundada en Cristo. A menos que aprendamos a apoyarnos en Dios y a confiar plenamente en Él, estamos expuestos a ser derribados y destruidos por las fuerzas que se desatan en nuestra contra. Las naciones están siendo hoy sacudidas por levantamientos masivos de gentes que buscan un cambio. Los gobiernos son removidos por el impacto de esos tsunamis sociales. Vivimos en tiempos de convulsión, no solo geológica, sino económica, social y política. Estoy convencido, por la profecía, de que se aproximan grandes cambios a la humanidad, tan sorprendentes como los que estamos viviendo en estos días, al observar las revueltas en Oriente Medio y el norte de Africa, o los terremotos como el de Haití, Chile o Japón.
La gran pregunta es: ¿Estamos preparados para estos movimientos venideros? ¿Estamos firmes en nuestra fe para que, suceda lo que suceda, podamos sobreponernos y superar el impacto? En el capítulo 21 del evangelio de San Lucas, Jesús anuncia para los días antes de su regreso a la tierra: Las naciones serán presa de confusión y terror, por el bramido del mar y el ímpetu de las olas. Todos los habitantes del mundo desfallecerán de miedo y de ansiedad por las cosas que se les viene encima, porque incluso los cielos serán conmovidos. El libro del Apocalipsis, por otra parte, nos advierte del impacto que el sistema del Anticristo tendrá sobre los pueblos. Impondrá una marca en la mano derecha y en la frente, para que ninguno pueda comprar ni vender sin ésta. Y será declarado antisocial y peligroso, con condena de persecución y muerte, todo aquel que se negare a su implantación. Jesús llamó a esos días, tiempo de angustia y de tribulación, como nunca antes ha podido sufrir la humanidad. San Mateo 24.
Creo firmemente que Dios nos está llamando a una revisión de los fundamentos de nuestra vida. Es tiempo de que nos pongamos en paz con Él y de que prestemos mucha más atención a sus palabras. Un terremoto de la magnitud como el que ha golpeado Japón, hubiera arrasado al país, sin dejar edificio alguno en pie, provocando millones de víctimas. No ha sido así, porque se tomaron medidas y los edificios han sido diseñados a prueba de movimientos sísmicos. La prevención y la preparación adecuada han salvado a un país de una destrucción completa. Solamente la palabra de Dios puede darnos ese fundamento necesario para encarar la dificultad y los golpes de la vida. El tiempo de prepararse es ahora. Busquemos a Dios más intensamente. Atendamos a su palabra, para creerla y vivirla. Preparémosnos para los cambios que el futuro cercano nos depara. El tiempo no corre en vano. No desaprovechemos la oportunidad que Dios nos está dando hoy.