En este momento de la historia, estamos asistiendo a una decadencia de valores y principios tal que lo que había sido la base moral de las naciones, está dejando paso a otra completamente distinta, en la que todo es aceptado, por el solo hecho de que una minoría lo reclame, sin consideración al bien general, ni a las enseñanzas bíblicas sobre el bien y el mal. La política gobierna al pueblo y el voto gobierna al político. Este es ahora su dios. De lo que no se dan cuenta es que al quitar de en medio el consejo y la ley divinos, están adoptando medidas que acabarán revelándose como destructivas. El voto es fácil de conseguir cuando se le promete al ciudadano que , con independencia de si es conveniente o no para el resto o para el futuro, se le apoyará su tendencia o deseo. El voto lo justifica todo; lo que deja claro cual es la verdadera intención de los gobernantes: gobernar a toda costa. Y no es extraño, viendo el salario que perciben y los privilegios de los que gozan.
Pero la ciudadanía depende de esas decisiones. La moral de una sociedad debe ser establecida sobre los límites sabios de la Palabra de Dios. Y no estoy hablando de tener gobiernos teocráticos, regidos por religiosos. Hablo de la formación del individuo, de los conceptos asimilados como válidos para la convivencia sana y productiva. Me refiero al verdadero amor, al servicio como actitud frente al conciudadano y la sociedad, a la capacidad de sacrificio del deseo propio, cuando éste se nutre del abuso de otros o de la corrupción de su naturaleza. Cuando el egoismo es asumido como base de la sociedad, el terreno está abonado para que lidere el más fuerte. Y en esta sociedad, ese es el que más votos consiga. Pero el verdadero valor no está en la cantidad de votos captados, sino en los principios adquiridos, en la integridad moral, en la actitud generosa hacia el débil, en la protección de la infancia, en la honradez administrativa, en la utilización honesta de los fondos públicos, en la consideración hacia los desposeidos y marginados, en la educación integral e integradora, en la protección de la salud de todos. Sin estas riquezas, más votos significa más miseria y más pobreza a repartir.
El papel de los creyentes en este tiempo, pasa por fortalecer nuestras convicciones morales y altruistas. Ser la sal de la tierra o la luz del mundo, nos ubica en un lugar de responsabilidad y liderazgo, no por los votos, sino por el contenido. Cristo en nosotros nos hace puntos de referencia en medio de la sociedad, o así debería ser. Pero esto no depende del nombre de la Iglesia a la que estemos vinculados, ni siquiera al título de cristianos, sino al verdadero valor adquirido en nuestro carácter por la verdad que hayamos asimilado, por el amor que hayamos puesto en práctica hasta hoy. Solo podemos dar lo que vivimos.
En estos tiempos de oscuridad y decadencia, la Iglesia debe, más que nunca, asumir el papel de luz de faro, que pueda indicar el camino que conduce a los náufragos y navegantes a buen puerto. Pero no podemos resplandecer a base de oro y joyas, de posesiones y títulos. Es la luz que brota de nuestro interior la que cuenta, la que hace de nuestros labios instrumentos de bendición, la que da fuerzas a nuestras manos para servir al prójimo y mueve nuestros corazones en compasión por el género humano, conscientes del alto precio que Jesús de Nazaret pagó por su salvación. Ese es nuestro principal liderazgo, nuestra mayor responsabilidad en un tiempo como éste. Debemos de vivir los principios del reino de Dios revelados por Cristo y, así, comunicarlos.
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