viernes, 15 de abril de 2011

FRENTE A LA ADVERSIDAD Y SU VALOR

La tecnología actual nos permite observar, prácticamente en directo, escenas de calamidades y desastres en casi cada rincón del mundo. La vista de esas desgracias humanas, nos trae el recuerdo de nuestra fragilidad y relativamente fácil exposición a la tragedia. Vivimos en un mundo altamente peligroso y nuestra resistencia personal es bastante limitada. No hace falta un gran terremoto como el de Japón, para vernos envueltos en desgracias profundas. Cada día mueren miles de personas, víctimas de accidentes de todo tipo o de enfermedades y plagas muy variadas. La cuestión es cómo afrontar esas situaciones. Lo ideal, sin duda, sería evitarlas, pero ya sabemos que eso no siempre es posible. Y si nos alcanza, ¿qué debemos hacer?

Una de las razones por las que me satisface mi fe cristiana es precisamente que, gracias a ésa fe, sé que todo está siendo observado por Dios y Él actúa en medio de las circunstancias desde la óptica de su amor y de su sabiduría. Me explico. Si Dios se dejara llevar por su afecto exclusivamente, nada malo nos acontecería a ninguna de sus criaturas. Su amor es tan grande que impediría cualquier amenaza de dolor o sufrimiento. Entonces, ¿por qué lo permite? Es ahí donde entra su sabiduría. Él ha querido que los seres humanos seamos réplicas suyas, en cuanto a capacidad de decisión y libertad de elección. No obstante, eso conlleva un enorme riesgo. Hemos aprovechado la capacidad de decisión, precisamente, para escoger desde el egoísmo. Es allí en donde se inicia el problema. No hemos tenido en cuenta las consecuencias, ni el daño colateral que pudiera causar nuestra elección. Sencillamente nos apetecía y lo queríamos tener.

Por otro lado, Dios ha establecido al ser humano en comunidad o sociedad, entre otras cosas, para que podamos entender el alcance de nuestras decisiones. Nunca como hoy, la humanidad había experimentado tanta desgracia a consecuencia de posturas egoístas tomadas por individuos desde posiciones de influencia y de poder. La crisis económica de los últimos años, es un buen ejemplo de ésto. Pero también lo son la contaminación medio ambiental, el hambre, la violencia de género, la plaga de alcoholismo juvenil, la de la droga, la gran tasa de accidentes de tráfico, y una enorme lista de otras decisiones iguales o parecidas con sus nefastas consecuencias. Solamente en España, mueren más de cincuenta mil personas al año a consecuencia del tabaquismo. Cada uno de esos casos, origina un impacto de dolor y desgracia en derredor.

¿Que qué tiene que ver todo esto con la sabiduría de Dios? Primeramente, Él está tratando de enseñarnos a tomar decisiones. Ver el fruto y el resultado de las malas, debería hacernos recapacitar y corregir. Impedirlas por completo, conllevaría el cese inmediato de la libertad de elección, lo que Dios no va a hacer. No, por lo menos, mientras el peligro de destrucción total no aparezca. Si aprendemos, por otro lado, de estas experiencias y corregimos, habremos aprendido algo para siempre.

Ahora bien, ninguno de los cambios que Dios está buscando en el ser humano sería permanente, si no entendemos que se tiene que producir otro cambio más personal y profundo en nosotros. Esa es la misión de Cristo en el mundo: volver nuestros corazones a Dios. Jesús hizo todo lo posible para revelar el sentir de su Padre celestial, así como su poder y sabiduría. Por tanto, nos llama al cambio. El primero, al recibir ese amor en nuestros corazones. El segundo, al depositar nuestra confianza en Él, mediante una entrega a su señorío y capacidad de dirección. Nadie como Dios, quien ha creado todas las cosas, puede enseñarnos a vivir de manera que nuestras decisiones sean para bien de todos, aunque eso signifique, a veces, sacrificar nuestro deseos egoístas. Al darle a Jesús toda nuestra confianza, le damos la oportunidad de enseñarnos su punto de vista, su perspectiva de las cosas. En ese lugar, los que creemos sinceramente en Él, hemos descubierto el sentido y el propósito de cuánto acontece en nosotros y a nuestro alrededor. Dios ha compartido, también, con nosotros el futuro, dejándonos verlo en su Palabra. En ese horizonte, observamos cómo Él soluciona todas las cosas y establece un gobierno de paz y justicia verdaderas y permanentes. Y nos llama, desde lo más hondo de su amor, a participar de ese futuro con Él.

Solo entonces entendemos que la inversión y los riesgos asumidos por Dios en este planeta, lo que incluye el inmenso acopio de desgracias y tragedias, habrá merecido la pena. Al menos para todos aquellos dispuestos a aprender de la experiencia y a confiar en ese amor y sabiduría divinos. Por el contrario, una cerrajón a romper con el egoísmo y una indisposición continua al amor de Dios, solamente perpetuaría nuestras desgracias y nos mantendría sumidos en una espiral de dolor y muerte. Por ello, desde las páginas de la Biblia, se nos avisa: Si escuchamos hoy su voz, no endurezcamos nuestros corazones.

Por todo ésto, lo mejor que podemos hacer frente a los graves problemas de la vida es acercarnos más a Dios, prestarle más atención a su Palabra y permitirle a su amor, tomar el control de nuestros pensamientos y emociones controvertidas. Recordando, además, que a la postre, como dice también su Palabra, ninguno de los que confíen en Él quedará avergonzado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario