martes, 7 de junio de 2011

EL TERREMOTO DE LORCA - 2ª parte.

Es cierto que siempre ha habido terremotos y que algunos de ellos han sido devastadores; sin embargo, nunca se habían dado a conocer como hoy, haciendo de éstos auténticas noticias de primera plana. Con cada uno de los seísmos, se deja ver también la fragilidad del suelo que pisamos. De alguna manera, la Tierra refleja el fundamento movedizo de la naturaleza humana, sujeta a cientos de cambios diarios, movida fácilmente por las emociones y desviada de su trayectoria por la influencia de pensamientos y opiniones.
En contraste con esta actitud tan variable, la Biblia nos dice que el que confía en Dios es como un monte inconmovible. Me hace pensar en la diferencia entre el que pone su fe en la verdad revelada y el que depende de la opinión de los demás. Ni siquiera la supuéstamente segura ciencia es inamovible. Lo que hoy parece ser el fundamento y pilar de la verdad comprobada, mañana puede ser descartada por otro descubrimiento. Ha ocurrido muchas veces y continúa sucediendo. Y no solamente con la ciencia física, sino con el pensamiento y la religión. Los Papas, por ejemplo, han modificado muchas veces lo que otros antecesores suyos habían instituido como revelación inequívoca. Lo mismo ha pasado con los Concilios. Y, desde luego, se podría aplicar a los dogmas congelados en el tiempo por la resolución firme de la jerarquía. Y otro tanto se puede decir de la filosofía. La Historia está llena de ejemplos.
No nos engañemos. Todo cambia. Porque en esta Tierra todo está sujeto a variación. Solamente la verdad celestial, aquella que desvela los principios eternos, es permanente. Pongamos por ejemplo el amor de Dios. Nunca cambiará, porque es parte de Su naturaleza, y Dios, como dice la Escritura, no cambia. Pero lo mismo podríamos afirmar de la bondad, la santidad, la paz divina y toda una serie de características del propio Dios, que conforman la base de Su reino y el fundamento de las relaciones eternas. Los que son así y exhiben los mismos dones o cualidades del carácter, están siendo forjados para la eternidad, para ese reino inconmovible que es el destino y el propósito por el que estamos aquí, atravesando este periodo de aprendizaje de la vida.
No nos debe extrañar que la Palabra de Dios ponga tanto énfasis en nuestra transformación personal, para ser hechos a imagen y semejanza de Cristo. Al fin y al cabo, solamente Él marca el camino y la actitud a seguir para la reconciliación eterna con nuestro Creador.
Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con el terremoto de Lorca? Pues, sencillamente, que como ocurre con todos los demás temblores de tierra que acaban en tragedia, me hacen recordar que nuestra personalidad puede igualmente desmoronarse y terminar en desastre, si no estamos fundamentados en la fe y el carácter de Jesucristo. No es de extrañar que Él mismo nos advirtiera de oír sus Palabras y ponerlas por obra, si queríamos sobrevivir después de que la vida nos diera alguna de sus muchas y amenazantes sacudidas. Y vienen...y resquebrajan muchas vidas, causando dolor y angustia. Yo diría más. Conforme avanzamos en la Historia, los terremotos físicos, emocionales y espirituales, también, van a ser más frecuentes y dañinos. Ahora depende de nosotros construir nuestra vida a prueba de sacudidas, si no queremos vernos tirados en la calle, lamentando una pérdida irreparable y expuestos al vacío y la inclemencia de la interperie.

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