viernes, 1 de julio de 2011

LA DIGNIDAD DE LOS INDIGNADOS

Nuestra generación está siendo testigo del resultado de la codicia y de la avaricia desmesurada de políticos, banqueros y grandes potentados de las finanzas y de la empresa, a nivel global. La idea de que la libertad personal para amasar fortunas debe ser protegida y respetada como base fundamental de nuestro sistema, al que llamamos capitalista, se vuelve maligna al mezclarse con la naturaleza humana, contagiada por la codicia y el amor al dinero. No en vano señalaba el apóstol Pablo que el amor al dinero es la causa o raíz de todos los males...y que el buscar las riquezas se había vuelto tropiezo para muchos, quienes habían abandonado la fe y los principios divinos, arrastrados por la misma avaricia de lo material.

Claro que a base de adaptarnos a esa mentalidad, la misma Iglesia sigue cayendo en la trampa o el engaño de las riquezas. No nos damos cuenta, muchas veces, de que nuestra pasividad frente a estas corrientes económicas nocivas para la salud general de los bolsillos - y ahí tenemos la crisis como prueba -, nos hace cómplices de ese mismo sistema. Pero la cosa se agrava aún más, cuando los mismos supuestos ministros del evangelio, pregonan la abundancia y la prosperidad material como doctrina fundamental de su cristianismo. No se dan cuenta de que están abriendo la puerta a la codicia, justificándola con los supuestos derechos de los hijos de Dios a la herencia, en forma de riqueza o prosperidad. Así, se valora mucho más a aquellos emprendedores que son capaces de aportar más dinero a las arcas de la Iglesia que a los pobres, quienes en su dificultad apenas pueden asumir sus propios gastos. Se arenga, por tanto, desde los púlpitos y las pantallas de televisión a donar a los ministerios como clave de la bendición posterior que esto les acarreará. Se hace del creyente objeto de ganancia, como si la Iglesia fuera un mercado o una empresa que cotiza en bolsa y en la que hay que invertir para obtener mejores dividendos.

Rara vez, por no decir ninguna, estos ministros pedirán para cubrir las necesidades de un creyente, una familia o la congregación, en general. La cuestión es que aquellos que están sufriendo las terribles consecuencias económicas de esta crisis global, provocada, como digo y todo el mundo sabe, por la codicia desmesurada de políticos y banqueros, principalmente, acaban por explotar y manifestarse en denuncia de un sistema que no solamente se aprovecha de ellos sino que les exige austeridad, mientras la clase política y financiera sigue llenando sus cuentas a base de grandes sueldos y primas de escándalo. Hipocresía en mayúscula. No es extraño que muchos reclamen una democracia más justa, que quiere decir que aquellos que asumen un puesto como representantes del pueblo, asuman también la crisis en sus propios bolsillos, en vez de aprovecharse del dinero público para salvarse a sí mismos.

Por otro lado, me doy cuenta de que la Iglesia ha perdido, en su adaptación al sistema, mucho de su potencial profético. Cuando el apóstol Santiago arremete contra los ricos injustos y les augura mayores miserias, está dando la cara por la justicia social y económica, que debería imperar en la Iglesia, al menos. Ver Santiago 5, y Hechos 2: 44, 45. Por eso, cuando veo los movimientos pacifistas contra el sistema injusto, no puedo menos que sentirme mal, entendiendo que la Iglesia debería estar a la cabeza de esas manifestaciones, o mejor aún, que debería haber partido de los creyentes, preocupados por la justicia, la iniciativa de dichas protestas u otras parecidas. ¿Dónde estábamos los creyentes cuando se levantaron esas protestas? Algunos ministros del evangelio estaban reclamando a sus congregaciones coches de lujo y trajes de ejecutivos. ¡Que Dios nos ayude!

No nos sorprende que la última de las Iglesias a las que Jesús se dirige en Apocalipsis 3, sea acusada por el mismo Jesús de presumir de su abundancia y sus riquezas, cuando su verdadero estado interior era de miseria. Somos igualmente miserables e injustos si nos acoplamos de tal manera al sistema que acaban confundiéndonos con éste. Somos el reino de Dios y como tal, debemos presentar al mundo una imagen real de sus principios sabios y justos, de amor y preocupación por las necesidades de la gente. Las espirituales, sí, pero también las demás. Creo sinceramente, que hay una gran dignidad en el movimiento de los indignados. Y no lo digo porque considere que éstos sean santos o justos, sino porque la denuncia es necesaria y, en estos tiempos, algunas voces - ojalá proviniese de los creyentes - deben ser oídas, mientras se denuncia la injusticia y la falsedad de un sistema basado, como digo, en la codicia y en la hipocresía de los que dicen representar al pueblo, pidiéndole a este apretarse el cinturón, mientras ellos mismos no están dispuestos al más mínimo sacrificio.

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