Todos hemos oído repetidamente lo de que "después de la tormenta viene la calma". Y es cierto que estando, como a veces estamos, en medio de grandes dificultades y crisis de todo tipo, podemos confiar en que no tardará en abrirse el cielo y dejar paso a esos rayos de sol anunciadores de una nueva calma. Las olas no se enquistan. Pueden sacudir con mayor o menor fuerza, pero pasan. Hasta el más angustioso de los tiempos, esa "gran tribulación" anunciada en las profecías bíblicas, solo durará realmente tres años y medio, que es el periodo revelado en Apocalipsis 13:5. Claro que , como ya he dicho en otras ocasiones, la relatividad del tiempo puede hacernos parecer eterno un periodo breve, cuando éste adquiere una intensidad y un sufrimiento superiores.
Pero no tenemos que llegar a la "gran tribulación" para saber lo que significa angustia y dificultad. A escala menor, o personal, la vida nos depara muchas tormentas que atravesar. La experiencia, sin embargo, nos enseña que después de cada temporal viene una calma. Ahora bien, y esto es por lo que estoy hablando del tema, no es menos cierto que "después de cada calma, viene una tormenta". No hace muchos días nos vimos sorprendidos por este fenómeno. Nuestro invierno ha sido bastante frío, pero seco. Antes de tiempo, la primavera irrumpió con elevadas temperaturas, casi veraniegas. Una mañana de hace apenas cinco o seis días, nos vimos sorprendidos por una lluvia intensa, con nevadas incluidas, que barrió esta parte del país. Tengo que admitir que me vi seriamente afectado, al descubrir la cantidad de huecos abiertos en el techo de mi vivienda, dejando penetrar el agua por donde nunca antes había goteado. Y obligándome a sacar cacharrería a discreción para evitar que la casa se transformara en una piscina cubierta.
Goteras aparte, el fenómeno atmosférico me ha hecho reflexionar. En el mundo suenan tambores de guerra. No es nada nuevo en este aún muy joven siglo, apenas inauguranda su segunda década. Ya tuvimos en la década anterior el fiasco de las Torres Gemelas, una maravillosa escusa para entrar a base de bombazos y vidas sacrificadas en Afganistan, sede, por cierto, del 80% de la producción mundial de opiaceos. ¿Casualidad? Después Irak, con la excusa de paliar el peligro inexistente de armas de destrucción masiva. Mas de quinientos mil muertos, según las fuentes irakíes, como paga para destrabar cualquier tapón a la producción de petroleo o para causar el temor y la justificación de las imparables subidas del crudo. Por cierto, que aún después de acabar con esos conflictos bélicos, nunca los precios de la gasolina han vuelto a bajar significativamente. Es terriblemente descarado ver cómo una industria que cuenta con fuentes de recursos casi ilimitados, tiene que echar mano de guerras y de sustos para convencer al mundo de pagarles más por lo mismo. Las masas de víctimas de estos colosos de la industria petrolífera actuamos como pobres ovejas mudas, sentenciadas a trabajar duramente para pagarles más y más a estos individuos.
Pues bien -o mejor dicho: mal-, ahora le toca a Irán. Es posible que por momentos no nos lo parezca. Especialmente cuando la misma llegada de la primavera, con sus colores frescos y sus alegres y ruidosas golondrinas, parezca venir en son de paz y cargada de mensajes de esperanza. Esa que todas las personas de bien tenemos, de que cesen de una vez los combates y dejen de morir ciudadanos a la orden de ¡disparen!, de los señores de la guerra sentados en sus cómodas oficinas detrás de las puertas del Pentágono o de la sede de la OTAN. La calma actual no durará mucho. Pronto llegará la nueva "Tormenta del desierto", la que amenaza cada vez más con transformar este mundo en eso mismo, un desierto.
Y a todo esto ¿qué podemos hacer los creyentes? Desde luego orar; pero nunca tragarnos las mentiras insidiosas y falsantes de que todas y cada una de esas guerras son por el bien común, para salvar la democracia y proteger la civilización y la cultura occidentales. Todas y cada una de esas guerras parten de la codicia de poder, de los planes de hombres que quieren un control mayor y más eficaz de la sociedad y de cada uno de los seres humanos. Es cierto que los radicalismos religiosos y los fundamentalismos violentos son un peligro para la humanidad, pero menor que el deseo oculto de querer dominar el mundo por la espada, de llevar a nuestra sociedad al caos, para después salvarla a base de más control y de leyes restrictivas. Los cristianos lo tenemos difícil en el futuro cercano. Pero lo tendremos aún peor si no somos capaces de ver el engaño que nos acecha. Solamente hay un Mesías verdadero: Jesucristo. Y solamente habrá una paz duradera: la del reino de Dios. Y ninguno de los poderes actuales, a la luz o a la sombra, nos la podrán traer. Mirad que nadie os engañe, dijo Jesús en Mateo 24. Mantengamos los ojos abiertos, para cuando llegue la próxima tormenta. No falta mucho.
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