Después de observar y analizar, con cierto detenimiento, los acontecimientos actuales en el mundo que nos rodea, no podemos menos que encontrar algunas profundas similitudes entre nuestro tiempo y el inmediato a la aparición de Cristo en la historia de la humanidad. Israel estaba entonces sumido en el caos. La nación había sido fragmentada en cuatro regiones, con su propio rey cada una. Todas, a su vez, sometidas al yugo de Roma y sus césares de turno. Es en esa situación en la que aparece Juan el Bautista. Algún despistado puede pensar que la denominación evangélica del mismo nombre posea esa antigüedad y que Juan fuera su fundador. No, no van por ahí las cosas. El profeta precursor del Mesías, no había venido a fundar ninguna secta o grupo cristiano, aunque no le faltaran seguidores. Algunos de sus admiradores incluso pensaron que era el propio Mesías. Él, sin embargo, lo negó. De hecho, negó incluso ser el profeta, aunque Jesús mismo dijo de él que no había nacido de mujer nadie tan grande como Juan. Éste, no obstante, estaba muy lejos de buscar la fama o el reconocimiento. Su total y completo enfoque era el Mesías venidero. Todo lo demás carecía de relevancia, incluido él mismo. Ojalá adoptáramos, desde ya,una actitud parecida.
Bueno, digo que hoy día vivimos una época o tiempo similar a aquel, al menos espiritualmente hablando. También nosotros estamos en pleno caos. Necesitamos más que nunca al Mesías y Su reino de paz y de justicia. Si no que se lo digan a las víctimas de esas nuevas guerras en oriente medio, o a los indignados por la descarada injusticia de los gobernantes de la economía mundial, y a toda una generación que mira hacia el futuro sin encontrarlo. Sí, necesitamos, de nuevo, la intervención divina en la Tierra por medio de Jesucristo. La buena, mejor dicho, la gran noticia, es que Jesús mismo afirmó que lo haría, que volvería en tiempos de enorme dificultad y desesperación. Pero tal como entonces, la humanidad necesita ser avisada de la salvación venidera. Hace dos mil años, Dios envió a aquel profeta tan grande y tan humilde. Algunos se preguntan por qué no enviará Dios hoy a algún otro de parecido talante. Yo me quiero imaginar Sus razones. Ya hemos tenido demasiados héroes personalistas, hinchados en su motivaciones egocéntricas, deseosos de destacar sobre los demás y desenfocados del verdadero protagonista, del Único que merece todo reconocimiento, honra y adoración.
Hoy, Dios está esperando que sea la Iglesia quien tome el relevo profético. No un gran líder sino todo el pueblo, unido por el encanto del Rey de Reyes. Un pueblo deseoso de agradarle a Él, anónimo, sin grandes pretensiones vanidosas ni basados en el culto a la personalidad. Daniel, el profeta, habló de ello al decir que el pueblo que conoce a su Dios se esforzaría y entraría en acción. Daniel 11:32. Justo en ese momento de la historia en el que el anticristo rompe el Pacto santo para encumbrarse como el gran protagonista. Si ha habido un tiempo en el que tiene que ser alzada una voz en el desierto, es éste, sin duda. Cuando la maldad está de nuevo llegando al colmo. Véase Daniel 8:23. Cuando cada vez se percibe con mayor claridad la manipulación de los que manejan los hilos desde la sombra, engañando al mundo entero con sus falsas fachadas y sus sangrientos desenlaces. Los dirigentes de este mundo están perdidos en manos del mismo Satanás. Y no lo digo por hacer una frase contundente. Lo sé por la misma Escritura, desde la que Satanás es presentado como el Príncipe de este mundo, a quien le fueron entregados todos los reinos de la Tierra. Véase, si no, las tentaciones de Jesús en el desierto, narradas en Mateo y Lucas, capítulo 4.
Ingenuamente, algunos líderes de la Iglesia, y muchos creyentes que les siguen creen que el cristiano puede arrebatarle al enemigo ese cetro sobre las naciones, para que estas sean gobernadas por la Iglesia. Me temo que eso sea pura ilusión. Sí, llegará ese día, cuando Jesús regrese y destruya todo este sistema basado en la mentira, en la especulación y en el amor al dinero. Entretanto, más nos valdría alzar la voz en el desierto, para que las ovejas perdidas oigan al Pastor y puedan ser reunidas al Rebaño. Antes que sea demasiado tarde y no queden ya voces que proclamen la verdad.
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