Recuerdo que hace ya muchos años, mientras leía la opinión de Kenion sobre la condición de la Iglesia en las inmediaciones de la venida de Cristo - cuando éste afirmaba que una iglesia poderosa, consciente de quién es en Cristo y qué poderes están puestos a su disposición, se alzaría como un ejército -, mi corazón se llenaba de esperanzas y de deseos de llegar a ser y formar parte de esa Iglesia. No estaba mal encaminado Kenion. Es muy posible que él percibiera, proféticamente, el resurgir de una Iglesia plena de poder y capaz de resistir y vencer los ataques del Anticristo y de todo su aparato político y militar. No en vano, el profeta Daniel afirmó, hace más de dos milenios y medio que, a la aparición de ese gobernante anticristo final, el pueblo que conoce a su Dios se esforzaría y entraría en acción. Dn 11: 31 - 32.
Debemos admitir que, como Iglesia, no siempre hemos entrado en acción cuando se requería una respuesta a los terribles personajes que la historia ha ido trayendo en su devenir, ni ante los disparates que se han ido instalando en la sociedad como algo "normal" y "bueno". Quizá por temor a perder algunos privilegios o a quedar en malas condiciones para el futuro. Obviamente, frente al Anticristo o su sistema, la última Iglesia no reaccionará con ese temor. Quizá porque ya no aspiraremos a otro futuro que no sea el reino de Dios traído por Cristo a la Tierra. Admito, con el corazón en la mano, que yo quiero creer, y creo, en ese ejercito espiritual final. Y creo, también, que ese contingente de soldados de fe debe prepararse ahora. Sin un entrenamiento previo a la acción, es dificil que la respuesta sea tan efectiva como debiera. La Iglesia fue concebida por Jesús, como un ejército espiritual que abatiría las puertas mismas de la muerte y del infierno. Mateo 16: 18. Y no solamente para los momentos finales de la historia, sino para toda la historia de la Iglesia.
Deberíamos reconocer nuestros errores pasados y aprender de ello. No nos educaron para vivir en la verdad, fieles al evangelio y a los principios divinos. Creemos en esos principios y verdades, pero hemos querido nadar y guardar la ropa. Hemos puesto nuestro empeño en que todo el mundo hable bien de nosotros, como si eso fuera garantía de fidelidad a Cristo. Lucas 6: 26 nos dice que es todo lo contrario. Y en ese altar del supuesto buen testimonio, hemos sacrificado nuestro compromiso profético con la misma verdad. Callamos y dejamos de denunciar multitud de errores y de amenazas para nuestros hijos, en medio de una sociedad diseñada para transformar al ser humano en animal de consumo. Nos hemos adaptado y conformado a la corriente, como si fuéramos de este mundo. Con razón se dice que el temor al futuro es uno de los peores.
Ahora bien, se supone que al tener a Cristo, tenemos ese futuro asegurado. Sabemos que tenemos vida eterna en El y que estamos siempre en sus manos, que no deberíamos temer lo que el hombre pudiera hacernos, porque El está con nosotros todos los días , hasta el fin del mundo. Mateo 28: 20b Entonces:¿Dónde está pues nuestra fe? ¿No será que hemos levantado reinos e imperios que no queremos poner en peligro?¿Acaso tenemos miedo de que nos falte la ayuda divina si denunciamos los errores del mundo y de sus gobernantes? ¿Estamos cegados y no vemos el espíritu del Anticristo ya en operación? ¿Cual es nuestra reacción frente a su avance? ¿Acaso no conocemos el resultado de tanta maldad, violencia e injusticia?
Sinceramente, creo que tenemos razones e indicios suficientes para saber que estamos llegando al colmo de la maldad, cuando se levantará ese rey de rostro altivo y especialista en secretos del que nos habla Daniel 8: 23. La oscuridad se cierne sobre el mundo con más intensidad que nunca. Para la sociedad, es la hora del sueño y de la busqueda desordenada de placeres. Para la Iglesia debe ser la de la vigilia y la acción. Es hora de levantarse y comenzar a actuar de acuerdo con las señales de los tiempos y con nuestros principios. Debemos recordar que el tiempo que resta es corto y que si no nos despertamos ahora, podemos quedar cegados frente a los ataques de un sistema terrible impuesto por el Anticristo sin aviso, y para el que nunca nos preparamos adecuadamente. Si el fin se acerca, la última Iglesia de la historia debería estar alistándose. No podemos ceder a los temores, como si Dios no estuviera con nosotros, ni debemos seguir complaciendo a nuestros deseos y apetitos que nos hacen depender de la sociedad. Nuestra confianza debe ser puesta plenamente en Dios y solo en Él. Es hora de estudiar la Palabra de Dios intensamente, de predicar el evangelio sin demora, de servir a nuestros hermanos con el sincero amor de Cristo, de buscar a Dios con mayor intensidad que nunca antes y de vivir nuestra fe, con tal convicción y amor, que la presencia de Dios en nuestras vidas se manifieste donde quiera que estemos. Ese es el ejercito que Cristo está esperando que se levante y nos está llamando a filas. La llamada al compromiso total con El es hoy. Somos la última Iglesia.
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