jueves, 14 de octubre de 2010

LA ULTIMA IGLESIA

Recuerdo que hace ya muchos años, mientras leía la opinión de Kenion sobre la condición de la Iglesia en las inmediaciones de la venida de Cristo - cuando éste afirmaba que una iglesia poderosa, consciente de quién es en Cristo y qué poderes están puestos a su disposición, se alzaría como un ejército -, mi corazón se llenaba de esperanzas y de deseos de llegar a ser y formar parte de esa Iglesia. No estaba mal encaminado Kenion. Es muy posible que él percibiera, proféticamente, el resurgir de una Iglesia plena de poder y capaz de resistir y vencer los ataques del Anticristo y de todo su aparato político y militar. No en vano, el profeta Daniel afirmó, hace más de dos milenios y medio que, a la aparición de ese gobernante anticristo final, el pueblo que conoce a su Dios se esforzaría y entraría en acción. Dn 11: 31 - 32.
Debemos admitir que, como Iglesia, no siempre hemos entrado en acción cuando se requería una respuesta a los terribles personajes que la historia ha ido trayendo en su devenir, ni ante los disparates que se han ido instalando en la sociedad como algo "normal" y "bueno". Quizá por temor a perder algunos privilegios o a quedar en malas condiciones para el futuro. Obviamente, frente al Anticristo o su sistema, la última Iglesia no reaccionará con ese temor. Quizá porque ya no aspiraremos a otro futuro que no sea el reino de Dios traído por Cristo a la Tierra. Admito, con el corazón en la mano, que yo quiero creer, y creo, en ese ejercito espiritual final. Y creo, también, que ese contingente de soldados de fe debe prepararse ahora. Sin un entrenamiento previo a la acción, es dificil que la respuesta sea tan efectiva como debiera. La Iglesia fue concebida por Jesús, como un ejército espiritual que abatiría las puertas mismas de la muerte y del infierno. Mateo 16: 18. Y no solamente para los momentos finales de la historia, sino para toda la historia de la Iglesia.
Deberíamos reconocer nuestros errores pasados  y aprender de ello. No nos educaron para vivir en la verdad, fieles al evangelio y a los principios divinos. Creemos en esos principios y verdades, pero hemos querido nadar y guardar la ropa. Hemos puesto nuestro empeño en que todo el mundo hable bien de nosotros, como si eso fuera garantía de fidelidad a Cristo. Lucas 6: 26 nos dice que es todo lo contrario. Y en ese altar del supuesto buen testimonio, hemos sacrificado nuestro compromiso profético con la misma verdad. Callamos y dejamos de denunciar multitud de errores y de amenazas para nuestros hijos, en medio de una sociedad diseñada para transformar al ser humano en animal de consumo. Nos hemos adaptado y conformado a la corriente, como si fuéramos de este mundo. Con razón se dice que el temor al futuro es uno de los peores.
Ahora bien, se supone que al tener a Cristo, tenemos ese futuro asegurado. Sabemos que tenemos vida eterna en El y que estamos siempre en sus manos, que no deberíamos temer lo que el hombre pudiera hacernos, porque El está con nosotros todos los días , hasta el fin del mundo. Mateo 28: 20b Entonces:¿Dónde está pues nuestra fe? ¿No será que hemos levantado reinos e imperios que no queremos poner en peligro?¿Acaso tenemos miedo de que nos falte la ayuda divina si denunciamos los errores del mundo y de sus gobernantes? ¿Estamos cegados y no vemos el espíritu del Anticristo ya en operación? ¿Cual es nuestra reacción frente a su avance? ¿Acaso no conocemos el resultado de tanta maldad, violencia e injusticia?
Sinceramente, creo que tenemos razones e indicios suficientes para saber que estamos llegando al colmo de la maldad, cuando se levantará ese rey de rostro altivo y especialista en secretos del que nos habla Daniel 8: 23. La oscuridad se cierne sobre el mundo con más intensidad que nunca. Para la sociedad, es la hora del sueño y de la busqueda desordenada de placeres. Para la Iglesia debe ser la de la vigilia y la acción. Es hora de levantarse y comenzar a actuar de acuerdo con las señales de los tiempos y con nuestros principios. Debemos recordar que el tiempo que resta es corto y que si no nos despertamos ahora, podemos quedar cegados frente a los ataques de un sistema terrible impuesto por el Anticristo sin aviso, y para el que nunca nos preparamos adecuadamente. Si el fin se acerca, la última Iglesia de la historia debería estar alistándose. No podemos ceder a los temores, como si Dios no estuviera con nosotros, ni debemos seguir complaciendo a nuestros deseos y apetitos que nos hacen depender de la sociedad. Nuestra confianza debe ser puesta plenamente en Dios y solo en Él. Es hora de estudiar la Palabra de Dios intensamente, de predicar el evangelio sin demora, de servir a nuestros hermanos con el sincero amor de Cristo, de buscar a Dios con mayor intensidad que nunca antes y de vivir nuestra fe, con tal convicción y amor, que la presencia de Dios en nuestras vidas se manifieste donde quiera que estemos. Ese es el ejercito que Cristo está esperando que se levante y nos está llamando a filas. La llamada al compromiso total con El es hoy. Somos la última Iglesia.

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