miércoles, 6 de octubre de 2010

FIN DE LA CULPABILIDAD

La percepción que tenemos de nosotros mismos determina nuestra autoestima, pero también nuestro valor y determinación en alcanzar ciertos objetivos. Muchas veces nos frenamos, o nos retiramos de la lucha, porque nos vemos inferiores e incapaces de lograrlo. Aún como cristianos, podemos estar demasiado conscientes de nosotros mismos y decaer. ¿Por qué? Obviamente porque sabemos de nuestras limitaciones y fallos. Nuestra humanidad es demasiado dominante y nos hace tropezar y caer muchas veces. La conciencia de pecado, o "culpabilidad", hace presa de nosotros y nos reduce. Perdemos el valor y la agresividad contra las dificultades y nos rendimos demasiado pronto. Con esta actitud, no nos debe sorprender que nos veamos incapaces de encarar los acontecimientos del fin, al anticristo y la persecución venidera. De hecho, oramos para que nada de eso nos ocurra, aún cuando deseamos que Cristo venga, y preferimos creer que vendrá la Parusía anunciada antes de la manifestación del anticristo, con un arrebatamiento "justo a tiempo" para librarnos de toda oposición y tragedia. Una forma de acallar nuestros temores y salirnos por la tarjente.
Creo, sinceramente, que debemos analizar nuestros pensamientos y emociones, para averiguar el por qué de nuestra actitud huidiza y cobarde. Quizá en el fondo de todo ese sentimiento de temor oculto, estén nuestras culpabilidades aún no resueltas. Hemos creido que Jesús pagó por nuestros pecados, pero nos cuesta vernos limpios antes de que los hayamos superado con un estilo de vida impecable e inmaculado. Lo cual, desde luego, nunca llega. En el espíritu, podemos sentir lo ecos de la culpabilidad, como si resonaran desde el cielo, señalándonos, juzgándonos y condenándonos a una vida cristiana inferior. Sabemos en teoría que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, pero no nos vemos cubietos y perdonados por Dios. El apóstol Pablo llega a llamar a los creyentes santos y perfectos, y lo aceptamos en teoría, como una verdad revelada, pero nuestros corazones no acuñan esos términos ni nos vemos como tales. No es de extrañar que nuestra expectativa de ver el poder de Dios manifestarse en plenitud, de formas milagrosas y portentosas, al estilo de Cristo o del Antiguo Testamento, sea tan débil. Aceptamos la realidad del Dios Todopoderoso, al que llamamos Padre, pero nuestros corazones no se alinean con esa realidad. Somos incapaces de golpear las aguas al grito de "¿Dónde está el Dios de Elías?", que le abrió las puertas a Eliseo para manifestar su doble unción de poder. 
En Apocalipsis 11, descubrimos a dos testigos, profetas, actuando en esa misma unción, frente a las fuerzas del anticristo y su sistema. Quizá representen a toda una Iglesia llena de ese poder, que ya no escucha más los ecos de culpabilidad, porque, entre otras cosas, "ha sido arrojado fuera el acusador de nuestros hermanos, quien los acusaba de noche y de día ante el trono de Dios" y por eso puede verse manifiesta "la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de Cristo" y "hemos vencido al acusador por la sangre del Cordero, la palabra del testimonio y el desprecio de la propia vida", como leemos en el capítulo 12 de Apocalipsis.
La cuestión es: ¿Tendremos que esperar hasta que Miguel y sus ángeles peleen contra el Dragón y los suyos para andar en esa actitud de victoria, o nos atreveremos a desoir toda acusación del enemigo, poniendo nuestros ojos solamente en Jesús y nuestros oidos atentos unicamente a su palabra? El Mesías puso punto y final al pecado, para presentarnos justos ante Dios. Esto debería bastar para desechar todo sentido de culpabilidad y asumir el papel de autoridad y poder que nos ha sido conferido en Cristo. ¿No crees? 

1 comentario:

  1. agradecer a Dios por la sabiduria y saber comunicar de aquellos que buscan el reyno de Dios si no es por siervos como juan jose este mundo tendria menos luz Dios te bendiga pastor,maestro y apostol juanjo.

    ResponderEliminar