Muchos de los sucesos que, por su intensidad e importancia, afectan o cambian nuestra vida, se fraguan a lo largo de un periodo más o menos largo. Quizá se originaron en alguna decisión, o en algún otro suceso previo. De cualquier manera, lo normal es que pasen por un proceso, hasta que las condiciones se den para que venga el cambio. Esto nos ocurre, por ejemplo, con las relaciones de pareja, que se inician en una decisión de acercamiento y concluyen en un compromiso de vida compartida. O con un negocio, planificado durante meses, antes de que cuaje y esté activo.
Otras veces, sin embargo, el suceso acontece de forma repentina y casi inexplicable. La pérdida de un ser querido, tras un accidente o un infarto, estaría en esta categoría. Por supuesto, un análisis más concienzudo sobre el caso, nos dejaría ver, seguramente, que ni siquiera esos sobresaltos nos vienen sin aviso. Por lo general, el problema se estaba gestando ya durante mucho tiempo, aunque estuvieramos ignorantes de lo que se preparaba. Si nos sorprende, es precisamente porque no lo veíamos venir.
Hoy día, los acontecimientos a nivel mundial también nos están sorprendiendo. Las revueltas en el mundo árabe y musulmán, se están precipitando sobre los países de esa etnia sorpresivamente. ¿Quien le iba a decir a Mubarak, considerado junto con Nasser y Sadat, un padre del Egipto moderno, que tras treinta años de éxito político, o al menos así lo pensaba él, le iba a estallar en la cara una sublevación popular de ese tipo? En el breve plazo de unas pocas semanas, su liderazgo había sido desechado y se veía obligado a abandonar la presidencia. Lo mismo se puede decir de Gadafi. Este había comenzado como el héroe libertador de Libia. Pero cuarenta años después, y tan solo en unos pocos días, la calma aparente se transformó en una sangrienta guerra civil que apenas comienza.
El apóstol Pablo, al escribir sobre el tiempo del fin a los cristianos de Tesalónica, les dice en su primera carta, en el capítulo cinco: Mientras las naciones hablen de paz y seguridad, les sobrevendrá una destrucción repentina, de la que no escaparán. La paz ha sido muchas veces ya apuñalada por la espalda, a la vuelta de la esquina, de forma sorprendente para la mayoría. Pero ninguna de esas veces fue a consecuencia de una decisión instantánea. Por lo general, las cosas se venían preparando para el golpe final. No siempre se ve con anticipación lo que supuestamente acabará en grandes cambios. La Biblia, sin embargo, no solamente revela algunas de las estrategias y procesos de la política y la economía de los últimos tiempos, sino que nos habla del resultado final, de forma que no nos tome por sorpresa.
Con razón el apóstol Pedro nos advierte, en su segunda carta, para que estemos atentos a la profecía, como a una antorcha en la oscuridad. La política y la economía mundial se están preparando para alcanzar el climax revelado en Apocalipsis: Un solo gobierno y una sola economía mundiales, bajo la dictadura del Anticristo. Nos conviene no pasar por alto el proceso de los acontecimientos actuales en ese campo; de otra manera, nos podemos ver sorprendidos por lo que acabará pasando en el mundo. Jesús dijo que cuando viéramos todas estas cosas, levantáramos nuestra vista, porque el fin se acercaba. No lo digo por arrojar tintas de pesimismo, sino todo lo contrario. Lo que está escrito tiene que cumplirse, nos guste o no. Pero podemos esperarlo activamente, o nos podemos echar a dormir, deseando que todo fuera mentira. La sociedad, a nivel global, se prepara para ese punto profetizado. Por eso, los acontecimientos actuales se dirigen en esa dirección. Y, además, parecen precipitarse, como si el tiempo se acelerara hacia el desenlace predicho. No perdamos de vista lo que ocurra en los próximos meses y años, y preparemos nuestras mentes y espíritus para cambios dramáticos. Acudamos a la Palabra de Dios y obtengamos fuerzas de su verdad. Dios nos aguarda en sus páginas, repletas de sabiduría, revelación, consejo y fortaleza.
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