En los últimos meses parece que haya habido una concentración de intereses alrededor de la institución monárquica, con la intención de hacerles tropezar en algún error y de exponerles. Dichos intereses, a los que me refiero, no necesariamente son poderes terrenales o manos negras movidas por entes antimonárquicos. Pueden ser sencilla y llanamente cosas que pasan. Y nos pasan a todos. Quiero decir que todos erramos y que tarde o temprano somos sorprendidos en alguna de nuestras faltas o delitos. El problema no solamente está en el delito en sí, sino a quién le pasa o quién lo comete. Porque las mismas cosas le están ocurriendo a muchas otras personas, pero no con la misma repercusión. Lo que presuntamente hizo Urdangarín, por lo que se le está investigando, lo vienen haciendo miles de delincuentes económicos que traen a Hacienda de cabeza, pero pocos afloran a los medios ni ocupan las primeras páginas como le ha ocurrido al yerno del rey.
Después , recientemente, vino lo del disparo accidental del nieto del monarca, un jovencito de trece años al que la ley ilegitima para portar o manejar un arma, de caza en este caso. Estoy convencido de que este chico no es el primero ni, seguramente, el último al que le ha pasado algo así. Pero es el nieto mayor del rey. Ahora, el propio monarca sufre un desafortunado accidente de salud en una supuesta caza de elefantes. Y en plena crisis económica, nadie entiende que el rey de un país que está sufriendo los zarpazos de ese otro animal, devorador de puestos de trabajo y de futuros, se vaya a una costosa cacería, en contra de toda sensibilidad. De nuevo, los cazadores de safaris programados son miles al año, pero estamos hablando del propio rey.
Los que no están de acuerdo con la institución de la monarquía, lo tienen más fácil y más claro para vocear sus argumentos, conscientes de que ahora cuentan con una audiencia mucho más numerosa. La propia casa real, inconscientes de tales resultados, se lo están facilitando al no ver más allá o no contar con el precio a pagar por sus errores. Esto mismo le ocurre a muchas instituciones más, no solamente a la monárquica. El mundo se asemeja mucho a la selva. El animal debilitado y herido tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Sobre todo si se encuentra aislado e incapaz de seguir el ritmo de la manada. Los depredadores se encargarán de su desaparición, tan pronto como se percaten de su estado.
Estoy completamente convencido de que en estos momentos tanto el rey como toda la casa real están haciendo balance de sus errores y tomando buena nota. Como el resto de los mortales, ellos están también en la escuela de la vida. Aprendemos de los errores, siempre que éstos no sean fatales. Ya no estamos en el absolutismo y la monarquía sabe que un día la Constitución española podría ser modificada y dejarles fuera. No sería la primera vez. Por tanto, si quieren sobrevivir a esta cadena de tropiezos, tendrán que aplicarse y aprender rápidamente. Y, desde luego, convencer a la manada de que les esperen y traten de ser comprensivos con sus debilidades. Al fin y al cabo, reyes o ciudadanos de a pie, todos somos humanos y cometemos muchos errores a lo largo de nuestra trayectoria. Los que, sin duda, son más difíciles de convencer son los oponentes a tal institución, que más que nunca están cargados de razón al exponer sus razones por las que no deberíamos tener un estado monárquico.
Como cristiano, intento verlo con ojos trascendentales. Sinceramente, me da igual si el país se rige por un régimen u otro. Respeto la democracia y me sujeto al voto de la mayoría. Lo que realmente me importa es lo que yo pueda aprender de todo ello. Porque , como hijo de Dios, también me considero parte de Su familia. Sé que a muchos no les gustaría ser regidos por Dios y llevan siglos intentando sacarlo de Su propia creación, como si pudieran. Son enemigos declarados de vivir bajo Sus principios y Leyes y de tener que darle cuentas de lo que hicieron con sus vidas. Por eso, prefieren creer que no existe, o que no creó el universo y toda forma de vida. Han dado una explicación, supuestamente científica, en la que Dios desaparece, como si al sacarle de sus libros pudieran borrarle del mapa. Por eso, los que sabemos que Él es más real que nosotros mismos, tenemos el deber de mirar con mucho cuidado por donde pisamos y cual pueda ser el resultado de nuestra conducta.
Durante siglos, la institución católica estuvo abanderando su realeza sobrenatural y sus derechos adquiridos para representar el reino de Dios en esta Tierra. De lo que al parecer no fueron muy conscientes fue de que sus garrafales errores les iban a pasar factura, no solamente delante de Dios, a quien decían obedecer, sino de los hombres, muchas veces víctimas de sus locuras. El Vaticano, no hace tanto, ha pedido perdón por sus errores históricos, pero aún tiene que sufrir las terribles vergüenzas de cuanto siguen abusando de su posición, estando bajo su amparo, y comente atrocidades como el abuso sexual o el tráfico de niños. Es incluso probable que el enfriamiento espiritual de Europa se deba a ese pasado.
Esos mismos errores nos podrían suceder a todos si no aprendemos de ello. De hecho, le está ocurriendo al mundo evangélico, que también sufre de debilidades y de abusos de poder por parte de ciertas autoridades supuestamente espirituales. Se dice que es inteligente aprender de los propios fallos, pero que aún es más inteligente aprender de los ajenos. Y es cierto. Tomo nota de todo eso. Quiero contribuir a la honra de la Casa a la que pertenezco como creyente e hijo de Dios. Por tanto mido bien mis pasos y lo pienso antes de actuar. Cuando cometo errores, sé que tengo que enmendarlos lo antes posible. No quiero darles a mis enemigos munición con la que dispararme. Ya se han fabricado ellos mismos de sobra. Solamente esperan que me sitúe a tiro, que me debilite y caiga en las muchas trampas de este mundo salvaje. Con razón nos dice la Escritura que la santidad conviene a esta Casa. Y la continua disposición al arrepentimiento y a la corrección de rumbo, cada vez que perdemos las coordenadas de la Palabra de Dios y de Su amor.
Por eso, aunque no soy monárquico ni republicano, tomo buena nota de los errores de unos y de otros, por si yo mismo los estuviera cometiendo. Quiero aprender de ello y servir a la causa del Evangelio de forma que Dios pueda ser honrado y Su reino respetado. Y soy consciente de que aún estoy aprendiendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario