Uno de los mayores peligros con los que nos encontramos hoy como creyentes es el continuo bombardeo de lo que se supone que es el éxito, o la vida exitosa. La mayor parte de los conceptos utilizados por los autores para definir el éxito personal tiene que ver con el desarrollo de talentos y habilidades, descubrimiento del propio potencial y su utilización en la persecución de ciertos fines, que casi siempre tienen que ver con sueños igualmente personales. En el fondo se trata de cómo alcanzar posiciones dentro de la sociedad y estar, como se dice, "en la cumbre". Lo contrario es considerado fracaso.
El asunto es que dentro de este contexto no aparece para nada el concepto "perder la vida" del que Jesús nos habla, al referirse al camino de la salvación. La expresión concreta del Maestro es: El que quiera salvar su vida , la perderá; pero el que la pierda por mi causa o la del evangelio, la salvará. La propia iglesia ha acuñado el término éxito al ministerio, asociándolo a grandes cifras, megaiglesias y prosperidad "a todo tren". Así que, cualquier otra forma de vivir el supuesto ministerio cristiano o eclesiástico puede ser visto como inferior o de claros perdedores. Los pastores, por tanto, se esfuerzan por llegar a lo que se considera "cumbre" en su contexto. No es de extrañar que tantos estén abandonando el ministerio, al desanimarse en la escalada por alcanzar la supuesta cima, en la que de no estar, serán considerados de "segunda clase" o "menos ungidos".
El asunto en sí es digno de análisis y consideración. Porque, para empezar, los que han acuñado esos términos y los propagan, son hombres cuyas metas y propósitos están en este mundo, al que le quieren sacar el máximo partido para sentirse realizados. No tienen el mínimo interés por la eternidad, ni en el destino de las almas. Sus sueños personales acaparan toda su atención y su tiempo. Por otro lado, prima la consecución de esos sueños y objetivos por encima de todo lo demás. Bajo esa luz, no hay lugar para los que abandonan una carrera, o desean dejar atrás las metas personales, para dedicarse simple y llanamente a la predicación del evangelio. Al menos, claro, que estén pensando en construir una de esas megaiglesias -es decir, congregaciones gigantescas, con mucho dinero y respetadas por el poder político y la sociedad en general-, o hacerse de una importante reputación.
Desgraciadamente, los que se dejan llevar por esos "cantos de sirenas" de una sociedad opulenta y sin Dios, abandona todo lo que tiene que ver con desprendimiento, sacrificio, muerte diaria y renuncia. Una vez en el poder, estarán tentados a mantenerlo a toda costa -como hacen muchos políticos-, aunque eso suponga el abandono de los principios del evangelio y la fidelidad de la Palabra de Dios. No hacerlo, es decir, estar dispuestos a sufrir pérdida por la declaración abierta de la verdad, puede acabar en persecución y esa no es la idea del éxito, al menos según los patrones sociales. No es de extrañar que grandes figuras de la cristiandad se hayan casado con el poder y mantengan sus bocas cerradas y sus conciencias cauterizadas. Lo contrario podría bajarles de su pedestal de hombres y mujeres de éxito, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo y de buena reputación.
Como digo, en ese mundo de supuestas estrellas, no caben los que no tienen aspiraciones en esta sociedad, los marginados por causa de Cristo, los que solamente aspiran a salvar almas para el reino de Dios y punto. El espíritu de Laodicea -ese que Jesús reprime en el capítulo tres del Apocalipsis- sigue cegando el entendimiento de muchos creyentes, para que no les resplandezca la luz del verdadero evangelio: el de llevar la cruz, el de abandonarlo todo para seguir al Maestro, el de compartir cuanto se tiene para que no haya necesitados entre los creyentes, el de no hacerse tesoros en la tierra, el de buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, el de gozarse cuando se es perseguido por la causa de Cristo y el de no sentirse cómodo y sospechar cuando todos los hombres hablen bien de uno.
Vivimos en tiempos extremadamente peligrosos. Buscar ese supuesto éxito social puede resultar en el más terrible de los fracasos.
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